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lunes, 16 de noviembre de 2009

IMÁGENES DE REBELDÍA


Las imágenes comenzaron a rondarme en la mente antes de cumplir los treinta. Probablemente era mi deseo de seguir siendo joven y una forma de conseguirlo es transgrediendo las reglas. La escena es bastante conocida. Una tarde fresca, ella llega en su vehículo a mi trabajo y me arranca de la envejecedora rutina. A velocidades que nos hacen sentir el viento en el rostro, marchamos sin detenernos kilómetros tras kilómetros. Hasta ahí parece el libreto trillado de una novela, pero representa algo más importante. El temple para mandar a rodar todo, siquiera por unas horas o unos días, y dejarme llevar por esa fresca y vertiginosa emoción, aquella que procura saborear la libertad plena o la sana locura que es lo mismo. Mi tendencia pasional hace imprescindible la presencia de una mujer linda y joven para la aventura y el escenario perfecto es el asfalto en medio del desierto o del verdor de unos campos sembrados. Reímos divertidos, cantamos, respiramos agitadamente y pegamos nuestros cuerpos sólo para sentirnos juntos en nuestro sueño. Miramos como agoniza el sol en un cielo amarillo que es al mismo tiempo triste y bello. En los audífonos, la voz brillantemente lastimera de Bob Dylan completa el cuadro. Saboreamos esa combinación incomparable de libertad, amor y locura y recién descubrimos la vida en su esplendor. Escribirlo es quizá una forma de realizarlo y por ello estoy sentado en el ordenador esta madrugada. Saboreo el silencio que arrulla mis sueños de libertad – parece el nombre de una película – y pienso para justificarme, que recrearla una y otra vez es hacer un conjuro para que se haga realidad. No exactamente como la imagino, pero con su componente fundamental. La aventura y la insurrección, únicos elixires de la ansiada liberación. El sueño me invade poco a poco y es contradictoria señal de que mi salud mejora. Antes de irme a la cama trato de ponerle rostro a la chica de la moto que me rescata del decadente formalismo laboral. Pruebo entre aquellas que amé, incluidas las que no me correspondieron. Extrañamente ninguna encaja en el personaje. Por una parte mala señal porque significa que nunca amé a una mujer que personificara la rebeldía y la libertad. Buena señal por otra parte porque queda claro que aún no llega a mí ese ser alado que me traspase su radiante juventud en forma de amor. El sueño me vence y sólo tengo fuerzas para apagar el ordenador.

lunes, 28 de septiembre de 2009

LOS ETERNOS DOMINGOS

Odio los domingos desde niño, cuando el campo se quedaba solo porque los peones no llegaban a trabajar. Hoy es domingo y se llevarán a mi hijo Dylan Axel donde sus abuelos. Entonces la casa estará silenciosa y triste. En la calle algunas riñas de ebrios pondrán la dosis de malestar a mis intentos de dormir. No me gusta salir, pues la calle se siente calurosa y tediosa. También no quiero encontrar a algún amigo que me invite unos tragos y termine de malograr este día magro.Ni siquiera en las épocas más felices lograba evadir la abulia dominical. Cuando viajaba Lima, el viernes y el sábado eran indescriptiblemente maravillosos junto a una diosa, pero el domingo debía regresar a Piura y la sensación de despedida me echaba a perder todo ese día.Hoy es domingo y tengo trabajo que realizar, pero no hay urgencia que me saque de mi apatía. He logrado escribir algo en el ordenador porque pienso que sacando esto de mí lograré un poco de sosiego. Ya me vencen las ganas de echarme a dormir, pero reparo que hay una excepción en esta historia de domingos aburridos. Eran los domingos de playa hace muchos años. Sólo el mar con su fresca inmensidad lograba romper mi tedio. Claro que tenía que estar acompañado por mi primer amor. Pero todo eso fue efímero, como son las cosas felices y hoy no hay motivo que suscite entusiasmo. Y ya no tengo ganas para escribir más. Mañana lunes, en retrospectiva, quizá complete y corrija en algo este fragmento.