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domingo, 30 de marzo de 2014

SOBRE ALUMNAS PREFERIDAS

Llegó una tarde de noviembre -Vengo a despedirme - fueron sus palabras – Me voy a casar y me iré a vivir a Trujillo -. La miró, y ya era toda una mujer y más bella aún que en sus años de estudiante. Hacía siete años que había terminado la secundaria, después de tenerlo como profesor de filosofía desde segundo grado hasta quinto (cuando él recién había salido de la universidad). Comenzó haciendo de su “secretaria”. Llegaba impecable al colegio y oliendo a perfume de bebé. Si alguna vez tengo una hija  será como ella se había dicho más de una vez, encantado por su fino e irresistible exceso de confianza para con él. Pero la niña de segundo grado poco a poco fue convirtiéndose en la jovencita de cuarto, y (como no podía ser de otro modo) llegó a enamorarse y a sufrir los primeros desgarros afectivos. Entonces su rol pasó a ser el de consejero sentimental, logrando finalmente hacer de ella una chica con autonomía y con las ideas claras sobre lo que quería hacer en el futuro. En los últimos años ya casi eran amigos, aunque ella nunca perdió esa frescura y esa sutil coquetería que lo sacaban de quicio y le cuestionaban su vocación docente. Las cosas se complicaron el día de la fiesta promocional. Era la más radiante de las alumnas, y lo peor de todo era consciente de la ofuscación que provocaba en su formalidad de profesor que despedía a sus estudiantes con un emotivo discurso. Bailó con ella unas piezas al inicio de la fiesta y se tomaron fotos que conservó por mucho tiempo. Él estaba feliz. Se divirtió con casi todas las alumnas, y se tomó unas cervezas con sus agradecidos alumnos. Avanzada la fiesta, las amigas del grupo de ella lo llamaron y al final los dejaron solos bailando. Ya era de madrugada y la mayoría de padres se había retirado. La cerveza comenzaba a hacer su “trabajo”. Ambos se miraron, rieron sin saber que decirse. El JD puso salsa sensual y su cintura moviéndose sensualmente entre sus manos terminó por derribar sus últimas defensas de corrección. La llevó de la mano a un ambiente apartado y la beso sin que ella se oponga. Total, ya no era su alumna, pensó. Sin embargo, luego se percató de su "inconducta" y trató de recobrar el aplomo. Le pidió disculpas. Trato de explicar de mil maneras ese “impulso”, pero ya era tarde. Sus amigas reían con la complicidad de labor cumplida. Se despidió de todas ellas, sintiendo que había atravesado una barrera muy peligrosa y no volvió a comunicarse con ella por varios meses. No obstante, aclararon el tema después de una larga conversación y continuó la amistad. Se comunicaban con frecuencia, hasta que ella le dio la mala noticia de su matrimonio…
Y ahora tenía que afrontar la despedida. La aconsejó cariñosamente y le deseó lo mejor. La abrazó fuertemente al despedirse y por segunda vez perdió la fuerza de voluntad. El perfume que se había puesto era el mismo de la fiesta y sintió que no habían pasado siete años, y sucedió lo que tenía que suceder. Pero los detalles los guardó en su corazón como tesoros inexpugnables para nadie. Por ello ahora que escribía sobre ella sintió un poquito de paz en su alma…

sábado, 29 de marzo de 2014

DE AMIGA A AMADA

Me dijo que de nuevo sucedería lo mismo (era la tercera amiga que me presentaba). Vas a aburrirte con ella después de unos días. No tendrás tema para conversar, a menos que sea de modas o de farándula. Pero de todas maneras te la presentaré para que te convenzas por ti mismo. Se quitó los lentes, quizá para que mire la tristeza de sus ojos, pero ni siquiera me percaté de ello. Mi pensamiento ya fantaseaba con la morena de estrecho jean que pronto conocería. No revelaré los pormenores del breve y frustrado romance, además son previsibles, pero tal como lo pronosticó ella (mi amiga), me aburrí, ambos nos aburrimos después de unos días...
La busqué por enésima vez y conversamos largo rato, mejor dicho, le volví a hablar sobre mi mala suerte en el amor. Ella me acarició el cabello, me consoló con tanta dulzura que terminé llorando en sus brazos. Cuando me sentí reconfortado, le agradecí y me marché, no sin antes despedirme con un beso en la mejilla. Nuevamente no me percaté (tal vez no quise hacerlo) que ella me ofreció sus labios. No volvimos a conversar sobre el tema más de una semana, aunque nos vimos una vez para que me explique la tarea de matemática.
Sin embargo, no pasó ni un mes, para volver a pedirle que me presente a otra de sus amigas. Para sorpresa mía, accedió de inmediato sin ningún reproche. Sólo me pidió que la espere un par de días antes de marcharse rauda. Supuse, que como otras veces, tenía prisa por realizar algún trabajo de la universidad. Llegado el día me presentó a la amiga solicitada, retirándose nuevamente de prisa. 
Fue después de una semana que recién me enteré lo que los demás ya sabían. Estaba saliendo con un chico de un ciclo inferior, y los habían visto muy felices a ambos. La busqué con el pretexto de contarle sobre mi último fracaso, pero en el fondo extrañaba su ternura que me hacía tanto bien. Mis nacientes celos se convirtieron en rabia, cuando me hizo esperar varias horas antes de escucharme. Como si eso no fuese suficiente, me dejó antes de que termine de contarle todo, precisamente cuando recibió la llamada de su pretendiente. Eso no lo pude soportar. Primero le pedí que me escuche, pues me encontraba mal, pero ella se disculpó amablemente. Entonces le reclamé airadamente, y ella con mucha calma, me dijo que lo sentía, que al siguiente día conversaríamos largamente. Contrariamente a lo que haría una persona madura. Me odié a mí mismo y también a ella. Me dolía tremendamente que ya no se quede horas y horas escuchándome y aconsejándome. No podía soportar que sus manos acaricien otro cabello que no fuera el mío. Desde ese entonces sigo buscando otra chica, igual de dulce, comprensiva e inteligente, pero para mucho más que contarle mis penas y me presente a sus amigas... — con Victor Patricio Clavellina Orozco y 49 personas más.