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sábado, 29 de marzo de 2014

MUSA DESCONOCIDA


Sí, como dice Heráclito, el río del pasado corre hacía el presente, 

ella marcha hacia mí.
Temerosa, con una prisa cuyo candor se diluye en mis palabras, cautelando todo el amor con el que aliviará mi corazón.
Es la musa desconocida, virtualmente encantadora,
pero ajena a mis afanes en la realidad 
hecha de tiempo y de espacio.
La imagino en los jardines eternos de cómplices orquídeas. 
Con la ingenuidad de la neonata pasión. 
Sin saber como explicarme que el destino es férreo.
Que los amores inextinguibles son arquitectura de años
de insondable trabajo de los dioses.
Mi musa desconocida hoy me levantó la mano, me miró de reojo, 
como diciéndome: "...en un rinconcito de mi alma hay espacio para ti. 
Si te portas bien, te llevarás la mitad de mi sonrisa,
y quién sabe con el tiempo, escucharás mi voz y caminarás a mi lado..."
Mi musa desconocida, hoy sola contempla las estrellas, 
pero mañana lo hará conmigo, 
sí me reivindico con la vida, sí empiezo a ser bueno...

DE AMIGA A AMADA

Me dijo que de nuevo sucedería lo mismo (era la tercera amiga que me presentaba). Vas a aburrirte con ella después de unos días. No tendrás tema para conversar, a menos que sea de modas o de farándula. Pero de todas maneras te la presentaré para que te convenzas por ti mismo. Se quitó los lentes, quizá para que mire la tristeza de sus ojos, pero ni siquiera me percaté de ello. Mi pensamiento ya fantaseaba con la morena de estrecho jean que pronto conocería. No revelaré los pormenores del breve y frustrado romance, además son previsibles, pero tal como lo pronosticó ella (mi amiga), me aburrí, ambos nos aburrimos después de unos días...
La busqué por enésima vez y conversamos largo rato, mejor dicho, le volví a hablar sobre mi mala suerte en el amor. Ella me acarició el cabello, me consoló con tanta dulzura que terminé llorando en sus brazos. Cuando me sentí reconfortado, le agradecí y me marché, no sin antes despedirme con un beso en la mejilla. Nuevamente no me percaté (tal vez no quise hacerlo) que ella me ofreció sus labios. No volvimos a conversar sobre el tema más de una semana, aunque nos vimos una vez para que me explique la tarea de matemática.
Sin embargo, no pasó ni un mes, para volver a pedirle que me presente a otra de sus amigas. Para sorpresa mía, accedió de inmediato sin ningún reproche. Sólo me pidió que la espere un par de días antes de marcharse rauda. Supuse, que como otras veces, tenía prisa por realizar algún trabajo de la universidad. Llegado el día me presentó a la amiga solicitada, retirándose nuevamente de prisa. 
Fue después de una semana que recién me enteré lo que los demás ya sabían. Estaba saliendo con un chico de un ciclo inferior, y los habían visto muy felices a ambos. La busqué con el pretexto de contarle sobre mi último fracaso, pero en el fondo extrañaba su ternura que me hacía tanto bien. Mis nacientes celos se convirtieron en rabia, cuando me hizo esperar varias horas antes de escucharme. Como si eso no fuese suficiente, me dejó antes de que termine de contarle todo, precisamente cuando recibió la llamada de su pretendiente. Eso no lo pude soportar. Primero le pedí que me escuche, pues me encontraba mal, pero ella se disculpó amablemente. Entonces le reclamé airadamente, y ella con mucha calma, me dijo que lo sentía, que al siguiente día conversaríamos largamente. Contrariamente a lo que haría una persona madura. Me odié a mí mismo y también a ella. Me dolía tremendamente que ya no se quede horas y horas escuchándome y aconsejándome. No podía soportar que sus manos acaricien otro cabello que no fuera el mío. Desde ese entonces sigo buscando otra chica, igual de dulce, comprensiva e inteligente, pero para mucho más que contarle mis penas y me presente a sus amigas... — con Victor Patricio Clavellina Orozco y 49 personas más.

miércoles, 26 de octubre de 2011

EL DESCUBRIMIENTO DE LA MELANCOLÍA

Quizá la primera sensación de desolada orfandad, aquella que engendró a las demás, ocurrió a los 10 años. Habían pasado unos cinco  desde que habíamos dejado la casa hacienda, ubicada en medio de frutales y sembríos, para ir a la ciudad a estudiar.
El día en mención había muerto mi abuelo Gilberto,  y me encargaron ir a avisarle a mi papá que aún trabajaba en ese lugar.
Cuando llegué contemplé los enormes cultivos tratando de buscar los bellos recuerdos de mi niñez, como cuando mis hermanos me habían  construido un barco con una mitad de cilindro cortada a lo largo. Era espectacular sentirme un capitán de mar a bordo de mi navío aquellas mañanas de sol en medio de las plantas de higos y ciruelas. Pensé recuperar esas alegres sensaciones, pero el canal aquel agonizaba totalmente seco con algunas malezas y espinas. Los frutales también se habían secado. En ese entonces no sabía aquello del abandono y de la crisis de la agricultura. Sólo sentía que me habían robado esos momentos inolvidables, cuando corría  y jugaba con mis primos y hermanos.
Es posible que la muerte del abuelo, sobre la que no quería pensar, haya influido  sobre mi percepción del campo (Freud y el inconsciente de nuevo). El hecho es que lo recorrí durante casi una hora buscando una sola de las imágenes de esa desbordante etapa. Las lomas donde buscábamos caracoles y chaquiras habían sido barridas por niveladoras. Ya no estaban las gallaretas que King (el noble pastor alemán que un día me salvó de ahogarme), solía cazar y traerlas vivas. Caminé y caminé solo y cabizbajo. Algunos trabajadores me reconocieron, pero no se atrevieron a hablarme, ni yo a ellos.
Esa aciaga mañana sollozaban mis más dulces vivencias en medio del silencio de la contemplación de sus ruinas. Sin un motivo para la festiva  fantasía busqué a mi padre y le comuniqué la trágica noticia. Él era fuerte, o al menos, procuraba aparentarlo frente a nosotros. Regresamos juntos a la casa. Seguro que alcanzó a ver la soledad que me invadía. Pero nunca preguntaba nada. Sólo nos compraba cosas. Unas golosinas y unos refrescos me distrajeron un momento.
Hubiese querido que me abrazara y me dejara llorar en su hombro, pero también yo había aprendido a aparentar que “todo estaba bien”. Sucedieron muchas cosas en las exequias de mi abuelo, que no revelaré por ahora. Lo que verdaderamente importa es que ese día conocí la melancolía existencial que me acompaña desde entonces.
Pasaron muchos años. Amé más de una vez y también me amaron, pero esa  actitud de ausencia o de vacío, que Patty fue la primera que entendió (y desconcertó a Kelita años después), me echó a perder bellos momentos. Comencé a escribir para encontrarle un cauce a esa tristeza estructural (el concepto es forzado). Y aquí estoy ahora esperando que Dylan Axel vuelva del colegio. Algunas veces (quizá es mi idea) pareciera que se queda mirando al vacío por unos segundos y me reconozco en esa mirada. Entonces lo abrazo y lo hago reír a carcajadas. Sólo en esos momentos siento que puedo recuperar (o inventar)  mis más bellos recuerdos de infancia…         

jueves, 25 de agosto de 2011

LUCHANDO POR NO MATAR LOS SUEÑOS

El campo, el mar, un corazón que ama,
arrullado por una canción de Serrat.
La belleza del amanecer,
la frescura de la mañana, l
la ensoñación de la tarde,
y el cielo estrellado
en una noche cómplice de amor.
Una vida libre para viajar por las cumbres
de una montaña  andina,
o por los desiertos
de una franja que besa al mar.
Diez libros para leer
y una laptop para escribir.
Todo eso, para comenzar,
desde ahora.
No cuando la senectud
cercene las ansias de soñar.

Y es que el tiempo 
es el más grande tirano del hombre. 
Se lleva sus sueños, 
sus ideales y hasta sus amores. 
Ese tiempo tejido de almanaques 
que es como un despeñadero, 
hacia el cual nos dirigimos inexorablemente, 
con casi todas las cosas a medio camino, 
o aún sin empezar. 
Como mi padre 
que sólo deseaba su granja en el campo 
para criar animales 
y escuchar las noticias todas las tardes. 
La pobreza y la salud le cerraron el paso.
 Y ahora, ésta mi vida,
luchando entre la renuncia
y la última batalla por un amor.
La angustia de no poder reconciliarme
con la plenitud de un misticismo, 
liberado de la tormentosa pasión.
Rebelándome, sólo para no envejecer.
Buscando una sonrisa de niña buena
para ahuyentar los sin sentidos.
Abrazado a la inocencia de dos hijos divinos,
y a la música que nunca envejece,
púes al tiempo  venció.
Todo este vendaval de furias y de penas.
De quimeras que aún pueden refugiarse
en el inexplorado mañana,
aquel que atesora una felicidad, 
sólo vislumbrada algunas noches
de miradas y besos virtuales.
En suma un universo aún por inventar,
e imposible de alcanzar.
Una vida, una muerte,
una paz, y un amor,
que siempre habitará en el corazón... 

sábado, 17 de abril de 2010

IN MEMORIAN DANIEL VARGAS

Este fin de semana, que pensaba sería el inicio del final de ya no publicar en internet, tu injusta (como casi todas) muerte me saca de mis cuarteles de invierno, pues bien vale la pena escribir algo como un pequeño homenaje a tu partida. Te acuerdas loquito Daniel aquella vez que “revolcamos” a un teacher de la facultad para luego vacilarnos. Sin embargo eras tan noble que luego le pediste disculpas, a pesar de que traté de evitarlo. Así eras tú loquito, derecho como pocos, y pensar que en un tiempo nos disputábamos la misma “jerma”, que al final, por indecisos, se fue con otro. Y qué decir de esa táctica para conquistarlas que consistía en invitarles dulce de camote que tú mismo preparabas. ¡Ese Daniel!, como describías tus fallidos intentos como lo más natural del mundo, a pesar de que algunas no te “atracaban”. Siempre en cada lugar encuentras una “cojuda” que no aprecia la calidad de la gente. Luego están dando lástima con un “huevón” que las trata como sus esclavas, pero es otro tema. Si loquito, a ti te “llegaba altamente” que no te hagan caso, pues ya tenías tu flaca bien escondidita en el Bajo Piura. Eras tan confiado que una vez hiciste que la llame sólo para conocerla. Pero con los patas no se chocaba, esa era la consigna. Cuando te volví a encontrar después de mucho tiempo, ya te habías casado con la chiquilla del teléfono, como no podía ser de otro modo, y tenías un hijito. Me dijiste que la próxima vez que nos encontráramos, de todas maneras nos tomaríamos unas “chelas”, pero no hubo próxima vez. Aunque me dejaste tu número de celular, nunca te llamé y hasta lo perdí. Siempre he sido un ingrato de “miércoles”. Por eso aquí estoy un 16 de abril del 2010 escribiendo estas líneas para ti. Para que veas que los buenos patas nunca se olvidan. Si existe otra vida, allá nos tomaremos las “chelas” que nos adeudamos. Recordaremos los viejos tiempos y reiremos de las tantas ocurrencias… Por eso aparta una mesa donde podamos conversar largo y tendido. ¡Nos vemos loquito!

lunes, 25 de enero de 2010

MARILYN


Por MANUEL VICENT (Una Pluma inalcansable) Tomado de El Pais de España
Nora Barnacle, la mujer de James Joyce, nació en Galway, una ciudad asomada a los acantilados del oeste de Irlanda. En su casa convertida en un pequeño museo, entre otras tarjetas, folletos y carteles de recuerdo los visitantes pueden comprar una foto de Marilyn Monroe leyendo el Ulises, la más intrincada cumbre de la literatura universal. La foto está hecha en Long Island, Nueva York, en 1954. Marilyn aparece sentada en un tobogán de la playa, en un traje de baño explosivo, con los labios entreabiertos, embebida en la lectura, con la mirada de miope un poco perdida en la página. Tiene el pesado volumen de tapas duras apoyado en las rodillas, abierto por el último capítulo en el que Molly Bloom a altas horas de la madrugada, mientras espera a su marido en la cama, libera toda suerte de pensamientos obscenos en el famoso monólogo interior. Por la expresión de su rostro se nota que Marilyn ni entiende lo que lee ni le importa nada lo que le pasa a esa mujer. En el momento en que se hizo esta foto Marilyn estaba enamorada de Arthur Miller, con el que ya vivía una pasión clandestina. No creo que este dramaturgo la forzara a leer el Ulises de Joyce, una cima tan difícil de escalar, para medir el nivel de su inteligencia. Parece más bien que la propia Marilyn se hubiera impuesto el reto de llegar hasta el final del libro para demostrar que era capaz de realizar semejante hazaña, bien por amor o por hambre desordenada de cultura. El sacrificio de leer el Ulises de Joyce, sin importarle nada, sólo tenía sentido como inmolación ante aquel amante al que creía superior, pero Marilyn sabía de la vida más que Joyce, más que Molly Bloom y más que el propio Miller. Fue una niña abandonada por su madre, una adolescente violada, una chica de calendario para camioneros, que pasó de los brazos del bruto y celoso héroe nacional Joe di Maggio a los de Arthur Miller, un judío intelectual neoyorquino, convertida siempre en pieza de caza mayor, para acabar zarandeada por dos ciervos de catorce puntas de la familia Kennedy hasta la muerte. En esta tarjeta postal Marilyn parece dispuesta a sorber todo el fluido interior de Molly Bloom que arrastra grumos lascivos de su subconsciente abierto a un sexo cenagoso. No obstante, a Marilyn se la ve pura, perdida, transparente, sometida a una prueba inútil: tener que leer el Ulises de Joyce para presentarse ante el amante intelectual con la lección aprendida, cuando ella se la sabía de memoria sin literatura simplemente por haberla vivido.

viernes, 8 de enero de 2010

CRISIS DEL AUTO EXILIO

A estas alturas de la vida y quizá demasiado tarde, he descubierto que perder amigos y amigas es uno de mis peores defectos. He asumido erróneamente que la amistad fluye naturalmente y que no es necesario hacer llamadas, indagar cumpleaños para saludar, asistir a reencuentros, ir a misas, visitar, etc., etc. De esta forma me he ido quedando sin amistades, al punto de ser arañado por aquel tipo de exilio donde no hay nadie con quien tomar un café. Refugiado en la literatura o en la música he creído compensar la falta del calor humano que sólo brindan las personas que me han conocido algo, y yo a ellas. Estúpidamente he pensado que escribir cosas publicables basta para tener la atención permanente de los seres que un día me quisieron. En mi egocéntrico estilo selectivo y presumido de platicar sólo sobre temas “interesantes”, he perdido la espontaneidad de un diálogo coloquial, por ejemplo, sobre el casamiento de la ex compañera más linda de clase. Seguramente mi intelecto ha crecido, pero mis afectos amicales se han empobrecido patéticamente. Luego el infantil orgullo de que no tomar la iniciativa hasta que el otro lo haga o incluso una broma fuera de lugar y el no valor para pedir disculpas, han contribuido a esta orfandad que crece y crece. Y así me encuentro cada noche sentado ante el computador sin que el celular suene trayendo un mensaje que sea una caricia para mi alma siempre amenazada por los vacíos. Mi vida transcurre más en el mundo de las fantasías (y también de las pesadillas), antes que entre las risas y abrazos de aquellos con quienes compartí gratos momentos. No sé cuanto pueda resistir. Desconozco si prescindir del contacto humano acrecentará mi desosiego. Al menos estoy empezando a vislumbrar que algo anda mal y necesita mi urgente atención. Por lo pronto ya me convencí que estoy a millas de Alfredo Bryce a quien le bastaba escribir para que lo quieran. La otra posibilidad es que, penosamente, carezco – ojalá sea sólo por ahora - del estoicismo que me permita hacer de la soledad la dulce paz donde la comunión con uno mismo es perfecta. A PROPÓSITO DEL TEMA, ESCUCHEMOS AL MAESTRO ALBERTO CORTEZ http://www.youtube.com/watch?v=hjfH2oNsa34

viernes, 12 de septiembre de 2008

TEMOR A LA SOLEDAD

Algunas veces somos infelices porque no estamos habituados al silencio y a la soledad. Ambos los sentimos como un insoportable martirio, simplemente porque somos esclavos de las imágenes, del bullicio y de las luces. La frase “estoy aburrido” es una forma de decir: “quiero salir, a bailar, o a comer”, “me falta alguien para chatear”, o “no hay nada bueno en la televisión”. En el fondo le tenemos pavor y huimos de nuestro mundo interior. A veces porque nos encontramos con la nada, o lo que es peor, con ancladas culpas, rencores y resentimientos que hieren nuestro corazón.  Por ello debemos sumergirnos en los abismos de nuestro  alma, pero no para quedarnos ahí, sino para sacar a la luz aquello que nos martiriza. Quizá entonces descubramos que no es tan terrible como pensábamos. Y es que, a veces, somos exageradamente inclementes con nosotros mismos. Debemos tener la convicción que es psicológicamente sano aprender a perdonarnos, para luego perdonar a los demás.
La soledad y el silencio serán bellos sólo cuando descubramos el inconmensurable mundo de los sueños creativos y de los sublimes recuerdos. Cuando de los confines del ayer y del mañana brote poesía, plasmada en cualquier obra, habremos aprendido a llenar el vacío. Entonces el presente (la vida) se edificará sobre las enseñanzas del pasado y sobre los ideales del futuro. En ese momento, quizá sin darnos cuenta, descubriremos el enorme manantial de felicidad que nos hemos estado perdiendo.