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sábado, 5 de abril de 2014

CULPA E INOCENCIA

A pesar de los años sigues tan vigente como si ayer te hubiese conocido y amado. Tu ángel restableció la inocencia en mi, convirtiendo el sexo en un accesorio prescindible, e incluso trivial. Nuestro idilio se edificó de miradas, risas, divertidas pláticas y aquellas caminatas donde tu mano era el premio más grande por "haberme portado bien". Incluso me encantaba como me regañabas tiernamente. Sin embargo, algo se quebró aquella noche en que ya no resistimos al impulso de "adultas" caricias. Entonces te marchaste triste a tu casa y yo confundido a la mía. Habíamos trasgredido la frontera de la pureza de nuestros ojos y la culpa se instaló como una estaca en el corazón. Te alejaste de mi dejando ese vacío que hoy trato de llenar como una redención a mi alma huérfana de tu encanto. Por ello, a estas alturas pienso que (al menos entre nosotros) el adiós es una pérdida antes que una ausencia. Pues un día nos conocimos y comulgamos en una misma sensibilidad que nos sacó de la pobreza de la realidad y creó para nosotros un maravilloso universo construido de inocencia...
Se ama para mañana tener hermosos recuerdos. Aunque lastima un poco, es lindo evocar momentos y emociones bellas. Con el tiempo el corazón se vuelve generoso y no pide retribución a cambio, pues es feliz en los confines de los sueños y de las nostalgias...

miércoles, 26 de octubre de 2011

EL DESCUBRIMIENTO DE LA MELANCOLÍA

Quizá la primera sensación de desolada orfandad, aquella que engendró a las demás, ocurrió a los 10 años. Habían pasado unos cinco  desde que habíamos dejado la casa hacienda, ubicada en medio de frutales y sembríos, para ir a la ciudad a estudiar.
El día en mención había muerto mi abuelo Gilberto,  y me encargaron ir a avisarle a mi papá que aún trabajaba en ese lugar.
Cuando llegué contemplé los enormes cultivos tratando de buscar los bellos recuerdos de mi niñez, como cuando mis hermanos me habían  construido un barco con una mitad de cilindro cortada a lo largo. Era espectacular sentirme un capitán de mar a bordo de mi navío aquellas mañanas de sol en medio de las plantas de higos y ciruelas. Pensé recuperar esas alegres sensaciones, pero el canal aquel agonizaba totalmente seco con algunas malezas y espinas. Los frutales también se habían secado. En ese entonces no sabía aquello del abandono y de la crisis de la agricultura. Sólo sentía que me habían robado esos momentos inolvidables, cuando corría  y jugaba con mis primos y hermanos.
Es posible que la muerte del abuelo, sobre la que no quería pensar, haya influido  sobre mi percepción del campo (Freud y el inconsciente de nuevo). El hecho es que lo recorrí durante casi una hora buscando una sola de las imágenes de esa desbordante etapa. Las lomas donde buscábamos caracoles y chaquiras habían sido barridas por niveladoras. Ya no estaban las gallaretas que King (el noble pastor alemán que un día me salvó de ahogarme), solía cazar y traerlas vivas. Caminé y caminé solo y cabizbajo. Algunos trabajadores me reconocieron, pero no se atrevieron a hablarme, ni yo a ellos.
Esa aciaga mañana sollozaban mis más dulces vivencias en medio del silencio de la contemplación de sus ruinas. Sin un motivo para la festiva  fantasía busqué a mi padre y le comuniqué la trágica noticia. Él era fuerte, o al menos, procuraba aparentarlo frente a nosotros. Regresamos juntos a la casa. Seguro que alcanzó a ver la soledad que me invadía. Pero nunca preguntaba nada. Sólo nos compraba cosas. Unas golosinas y unos refrescos me distrajeron un momento.
Hubiese querido que me abrazara y me dejara llorar en su hombro, pero también yo había aprendido a aparentar que “todo estaba bien”. Sucedieron muchas cosas en las exequias de mi abuelo, que no revelaré por ahora. Lo que verdaderamente importa es que ese día conocí la melancolía existencial que me acompaña desde entonces.
Pasaron muchos años. Amé más de una vez y también me amaron, pero esa  actitud de ausencia o de vacío, que Patty fue la primera que entendió (y desconcertó a Kelita años después), me echó a perder bellos momentos. Comencé a escribir para encontrarle un cauce a esa tristeza estructural (el concepto es forzado). Y aquí estoy ahora esperando que Dylan Axel vuelva del colegio. Algunas veces (quizá es mi idea) pareciera que se queda mirando al vacío por unos segundos y me reconozco en esa mirada. Entonces lo abrazo y lo hago reír a carcajadas. Sólo en esos momentos siento que puedo recuperar (o inventar)  mis más bellos recuerdos de infancia…         

martes, 28 de junio de 2011

EL AMOROSO SILLÓN

Hay objetos materiales que significan tanto en nuestra vida que merecen más que escribirles unas líneas.

Era marrón y enorme el sillón de su casa, ubicada en el centro y cerca de mi paradero). Ahí estudiábamos hasta que su abuela se iba a dormir. Entonces se convertía en el perfecto lecho de amor donde la pasión invadía el lugar hasta que, después de férrea resistencia, era expulsada por la culpa. Es entonces que tenía que calmarla con enorme comprensión y ternura para que se vaya a dormir tranquila. Ella conocía mis debilidades (como yo las suyas). Cuando quería motivarme se ponía un polito y un short rojo que eran como una segunda piel que cubrían y resaltaban la suya, blanca y divina. Se sentaba en mis piernas y luego los besos y caricias se sucedían en apasionados episodios que la adrenalina de que alguien nos descubra le daban el encanto de lo prohibido. Cada vez avanzábamos más, lo cual significaba una culpa mayor de su parte y un trabajo mayor para sosegarla. Era hermosa (aunque muy engreída). Su cuerpo era esbelto y su fino cuello tenía la suavidad y el aroma que deben poseer los ángeles. Decenas de veces mis labios se solazaban en él, mientras le susurraba cosas bellas al oído. Ella gemía suavemente (no vaya a escuchar la abuela) y apretaba mis hombros con desesperación. Luego me apoderaba soberanamente de sus labios. Inventábamos mil formas de jugueteos desesperados, pues lo que ansiábamos es no tener que separarnos jamás. A veces debía curarme las deliciosas heridas que dejaban sus dientecitos en mi boca. Pero todo valía la pena.

No es necesario ser explicito. Sólo diré que aún conservo la celestial sensación de haber recorrido cada centímetro de la tersura de su piel. También se mantiene vivo el fuego que despertaba su boca en mi cuerpo.

Ese generoso sillón nos enseñó a conocernos, a explorar nuevos territorios, y sobre todo a amarnos con sin límites, por ello tiene mi eterno tributo.

Todo cambió cuando se fue a vivir más lejos. Ya no podíamos quedarnos solos , y sobre todo ya no estaba el acogedor sillón de nuestras noches de amor. Otras motivos también nos fueron alejando. Inexorablemente, terminamos tres meses después...