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domingo, 11 de mayo de 2014

LA NOCHE DE LOS DONES


Ella recién había ingresado a la universidad y yo era presidente del Centro Federado de mi facultad. Habíamos organizado una fiesta para recaudar fondos para comprar libros. Terminadas las coordinaciones y trabajos de la fiesta, bebí casi una cerveza yo solo para envalentonarme, y me escurrí hasta la pista de baile tan sólo para sacarla a bailar. Vestía ese vestidito floreado que se agitaba sobre sus piernas, pero nunca dejaba ver lo que anhelábamos casi todos en la universidad. Entonces ni siquiera le di tiempo para duda. La miré a los ojos y a los segundos ya estábamos junto a las demás parejas. Esa tarde - noche me convertí en el ser más afortunado de toda la universidad. Si bien gasté dinero para poder tratarla como una reina, al final logré mi cometido, llevarme a la chica más codiciada de toda la fiesta (quizá exagere un poco, pero así lo sentía). Fuimos a su casa. Me hizo esperar casi una hora, pero salió más esplendorosa que nunca, y ahí me percaté que tenía más de un vestidito floreado. Me contó entre risas que ya se había dado cuenta que siempre la quedaba mirando, pero que aunque a ella no le interesaba la política, sentía curiosidad por conocerme…
Esa noche las cosas fluyeron solas. Como movidas por una fuerza cósmica, todo funcionó de maravillas, pero un pacto de honor me obliga a no revelar detalles de nuestro encuentro. Sólo diré que esa noche me embriagué con los labios perfectos. Húmedos y carnosos se entregaron para mi insaciable sed de amar a lo largo de dos horas, las cuales sentí como dos minutos. Su cuerpo junto al mío, se elevó al elixir sagrado para mis pulsiones de universitario. La amé con la devoción por lo celestial, pero también con la premonición de que no podía ser real tanta belleza, y no me equivoqué. Llego aquí a la parte más dura. La sagrada cumbre de esos momentos se derrumbó hacia el abismo de la desolación al escuchar sus palabras. - Tengo mi enamorado - me dijo como quien despierta de un sueño, - y somos pareja desde los quince años, él ya se va a graduar de ingeniero, y el año que viene pedirá mi mano. Nuestras familias se conocen, y para ser sincera, yo también lo quiero mucho -. Sentí un golpe que luego se convirtió en hielo en toda mi sangre. Le supliqué, le lloré, me arrodillé ante ella, pero la determinación era indeclinable. Me consoló, llamó un taxi y me embarcó hacia mi casa…
Esa noche me fueron otorgados los dos extremos de la vida. El goce más grandioso, y el dolor más hiriente jamás superado. Hoy después de varios años aun sigo recordándola y preguntándome si acaso no fue un sueño que adquirió la solidez de la realidad para luego desvanecerse nuevamente en el territorio de lo ideal, de lo maravillosamente soñado por mis veintitantos años…

jueves, 8 de mayo de 2014

LA FE DEL CORAZÓN

Ella tenía treinta y era la mujer más fogosa de esos lares. El tenía veinte y era de los muchachos de inocentes sentimientos. Ella lo amaba sin condiciones, que es lo mismo que decir era la más feliz de la pareja. Lo veía como a un niño. Se había enamorado de su traviesa ternura que tantas dulces sonrisas le había hecho brotar. Pero él conservaba aún algunas viejas culpas que lo hacían sentirse libertino cuando terminaban de hacer el amor. Pero no podía dejar de desearla con insaciable furor, y de nuevo corría a sus brazos. Luchaba contra esas ancestrales enseñanzas religiosas que lo llenaban de pecaminoso arrepentimiento y lo llevaban a acudir al confesionario todas las semanas. El cura, instruido por la doctrina, le exigió dejarla, pues de otra manera lo conduciría al infierno.
Por eso aquella noche había llegado para despedirse. La consigna, dictaminada por el cura, era no dejarse conducir al placer, pues perdería las fuerzas para terminar. Y ahora ahí estaban ambos mirándose. Ella con el deseo en la mirada, y él con la culpa en las pupilas. Conversaron, confesáronse sus temores. A ella le daba pena perderlo, y a él le daba miedo el infierno descrito minuciosamente por el cura. Ambos lloraron, se abrazaron, se consolaron. Por un momento llegaron a sentir que nunca podrían vivir separados. Ella, secándose las lágrimas le suplicó quedarse esa noche. Otorguémonos la última oportunidad, le dijo. Sabe Dios que lo nuestro no es algo que siente la gente todos los días. Eso implicaba, quizá olvidar el inminente final, o quizá tenerlo más presente que nunca para entregarse a la más inolvidable despedida. Sus cuerpos respondieron al desafío y se entrelazaron con la más candente desesperación. La locura, el desenfreno, tocaba los límites del ansia por poseerse y fusionarse en un solo ente. Pero llegados al clímax. Cuando debieron haberse abrazado y dicho cosas lindas, el silencio, aquel del que se quiere huir, se abrió paso, y él se marchó de prisa sin decir nada directo a buscar al confesor. Éste, después de escucharlo, dictaminó que la única solución era el claustro del monasterio. Sin embargo, eso no funcionó. Por las noches la extrañaba tanto hasta que logró escapar por las paredes. La buscó, la amó una vez más y ella juró desaparecerle sus culpas. No volvieron a separarse. Mientras tanto el cura todos los días buscaba a su joven seminarista, culpando a la pecaminosa que lo había “condenado” al infierno…

ARAÑANDO LA PLENITUD


Me miraste burlonamente antes de decirme que el amor se acaba como todo en la vida. Un escalofrío bajó de mi estómago hasta mis pies y sentí por primera vez la amargura de los amores frustrados. Hice un recuento rápido y el balance determinó que era yo el responsable principal de todo esto. Mi excesivo afán de sobreprotegerte había terminado por asfixiar tu vocación por la libertad. Hice un esfuerzo supremo y recobré el aplomo. No obstante, te veía (mi corazón te veía) más linda que nunca. "Todo ese paraíso voy a perder" pensé para mis adentros, pero no cometería el error de suplicar tu clemencia, pues eso siempre agrava las cosas...
Hagamos el amor sólo una vez más antes del adiós, dije fingiendo una seguridad y una audacia de la que carecía en ese momento. Lo aceptaste, quizá como una expresión de gratitud. 
Entonces esa noche nos amamos con desesperación. Las lágrimas (no sabíamos si de tristeza o de felicidad) mojaron nuestros rostros. Nos entregamos por completo intercalando momentos de salvaje pasión con otros de sublime ternura. No queríamos que ese instante termine. Entonces, en pleno éxtasis, nos sentimos arrebatados de la realidad espacio-temporal, y moramos en lo que los teólogos llaman la eternidad. Había leído que ésta consiste en la conversión del presente, del pasado, y del futuro en un único estado. Y eso fue lo que experimentamos. Dios que habita en la eternidad y que nos ama incondicionalmente, nos otorgó el inmerecido don de fusionarnos en un solo ser (no dos sino uno) construido sólo de sensaciones, donde lo místico y lo erótico dejaron de ser opuestos. El amor de ese instante, desprovisto de tiempo, fue tan grandioso que me está prohibido revelar que pasó después (si acaso se puede hablar de un después). Y para los incrédulos: ¿No dicen acaso que el amor lo puede todo?

viernes, 21 de marzo de 2014

AMOR EXTREMO















Si para lograr que me ames, 
debo dejarme matar 
por el anzuelo de tus caricias, 
decido entonces suicidarme. 
Si después del fuego mortal de tus ojos, 
vendrá el fuego divino de tus besos, 
quiero en ti, dulcemente incinerarme.
Aunque después nos lastimemos, 
necesito sentir en mis venas,
el dolor purificante de tus dardos, 
para luego, en tus pechos redimirme, 
de esta realidad que aprisiona el alma... 
Volemos al infinito, 
ahora que el cielo aún regala estrellas.
Unámonos en vuelo centelleante
de nuestras alas agujereadas.
Derrotemos al destino aciago,
que en la tierra nos cercenó los sueños.
Liberémonos del temor al tiempo, 
el mañana traerá sus propias lágrimas,
y de tanto sufrir por amarnos,
serán santificados nuestros sexos,
en suave tapiz sin culpas ni temores.
Y la efeméride de ese momento,
será el inicio del prometido cielo...

miércoles, 19 de marzo de 2014

DIVINIZADA NOCHE

Hay momentos que contienen o sintetizan toda nuestra historia afectiva. A mí ese don me fue otorgado hace algún tiempo ya, y me permitió descubrir mi verdadera naturaleza. La de un ser ávido de experiencias sensoriales extremas. Esa noche, esa hora, quizá sólo esos minutos, quedaron marcados con hierro en mi alma (y también en mi piel). Es tan vívida la imagen y el vendaval de emociones a su alrededor que basta revivirla para ya no pedir otra merced. Era linda ella y esa noche se dejó amar sin límite alguno. Brillan en mis sentidos y en cada célula de mi cuerpo sus labios, su mirada absolutamente devorada por el éxtasis, su cabello rubio desordenado y con una aroma que bien pudo ser la morada de los dioses. Sus gemidos y la mención ardiente de mi nombre están tan nítidamente presentes que cuesta no imaginar que, quizá sólo se trató de un sueño. Pero no lo fue. Esa noche, soberana exclusiva en mis recuerdos, vive en mí, o yo vivo para ella, y resume, qué duda cabe, toda la historia de mis afectos. Marcó en mi ser un antes y un después, y el lúcido convencimiento que a todos nos está reservado un momento así. La cumbre emocional. Aquella que nos puede hacer reír o llorar, y es por ello el tesoro más preciado que guarda el corazón...

NOSTALGIA DE PASIÓN

... Y entonces te amé mientras caminaba
en busca de sueños recónditos, 
invulnerables a la muerte. 
La frescura de tu aliento 
me devolvió a la esperanza terrenal 
nutrida de tu piel suave y ardiente. 
Y quise esclavizar tus labios, húmedos y tibios. 
Quedarme con ellos, 
para liberarme de la abulia de mis días grises 
por la tragedia de tu no existencia. 
También quise perennizar 
tu voz, suave arrulladora de mis miedos. 
Insaciable yo del fuego de tu cuerpo,
indescriptible oasis de mis sentidos,
con el terciopelo de tus muslos. 
Y fue así que le diste cielo a mis mañanas, 
antes presurosas por el vano deber 
de enajenar el tiempo. 
Luego esperar la noche, 
cuando hacías que beba del pozo de tu pubis, 
soberano absoluto de mis plegarias de amor. 
Me ofrendaste todo en jornadas primaverales, 
que hoy rememoro tu estadía, 
en este mi mundo vuelto a la vida, 
por el sólo y divinizado toque de tus manos en mi piel, 
que hoy sólo imploran tu nombre... 

viernes, 9 de septiembre de 2011

SUEÑOS DE LOS SENTIDOS (Inspirado en una mujer de preciosa cintura)

No quisiera morir sin que llegue una nueva ninfa para amar. Quiero profundizar las delicias de algo tan sublime y misterioso como besar a una chica de labios sensuales. Dejar marchar los episodios frívolos, y vivir haciendo de los sentidos (y de la piel) los medios más fecundos para aprender
Lo declaro, aquí y ahora. Quiero besarte toda la noche. comenzar por el dedo meñique del pie y terminar por el cabello. Escribir con mi boca un poema en cada porción de tu cuerpo. Sentir el fuego inmortal de tus gemidos y no rendirme ante los embistes de tu agreste pasión. Quiero escucharte cantar en mis oídos toda la noche para fijar tu voz en los sentidos para futuras felicidades. Que el placer es efímero, y el recuerdo es eterno. Quiero sintonizar el latir de nuestros corazones juntando nuestros pechos. Que nuestras manos se exploren como excitadas gitanas de tan inmensa fortuna. Quiero atrapar tus labios y quedármelos conmigo. Horas y horas alimentándome de elixir sagrado de tu boca. Quiero enterrar mi soledad y las espinas de mi alma en todas tus profundidades. Refugiarme, como Gustavo Cerati, entre tu cuerpo, y desterrar todos los miedos y las angustias que me acosaron antes de tu llegada. Quiero abrazar tu sonrisa y llevármela a mi cama para ya no sentir el hierro de los domingos solitarios donde la muerte acosa. Quiero amarte sin códigos y sin que el tiempo se convierta en tirano que devora los momentos más dulces, porque tus besos serán lo único que derrotará todo lo que ha confabulado para hacerme presa del desamor. Quiero que te quedes conmigo, desde ahora hasta la eternidad...

jueves, 1 de septiembre de 2011

ARDIENDO EN EL SAGRADO AMOR (Envío de poeta colaboradora) (*)

Tu cuerpo y el mío.
Uno frente al otro.
Desnudos.
Contemplándonos,
en la tenue oscuridad, 
con la luz del deseo.
Escuchando el musical silencio.
Nuestras manos se enlazan.
Toman fuerza
de esa energía compartida,
que nos impulsa a  sentir, 
a palpar, a explorar,
cada átomo de piel, 
de contacto… 
y también de espacio,
entre Tú y Yo.
Un fuego intenso,
invade presuroso,
cada ignoto rincón
de la pequeña habitación
que convirtiéndose va,
en paraíso terrenal, 
lleno de Ti, y lleno de Mí.  
Convertido por amor,
en el ecuánime “nosotros”.
Así vamos ardiendo,
desplegando húmedo fuego,
esa llama enorme y sagrada,
atesorada celosamente,
en las santificadas entrañas,
que a sentir nos lleva, 
el sideral universo.
Nuestros labios insaciables. 
Nuestras lenguas enlazadas.
Devorándose… 
en el ansia de poseerse, 
de fusionarse en uno...
Sí... en uno... en uno.
El aroma embriagador, 
de ardientes  cuerpos desnudos,
de sexo…, de sexo.
Que abrazadoramente se esparce,
en la cómplice habitación.
Congregando ese paraíso.
Ese vendaval de pasión, 
de entrega, 
de Amor...
Sexos unidos, unidos…
Hasta lo deliciosamente prohibido, 
gimiendo, temblando… 
el uno al otro atrapando.
Explotando,
en el estremecedor orgasmo.
Hasta sucumbir, ya sin fuerzas.
Tu cuerpo y el mío,
juntos, extasiados,
abrazados reposando,
dispuestos una vez más,
a empezarse de nuevo a amar…

(*) Por inapelables motivos la autora prefiere permanecer en el anonimato.

viernes, 26 de agosto de 2011

HISTORIA DE UN IDÍLICO ENCUENTRO (enviado por colaboradora anónima)

No puedo recordar con exactitud, cómo es que nos conocimos, sólo sé estabas ahí, puesto como por la mano de Dios para alegrar mi alma solitaria justo cuando pensaba que ya más nada importaba.
Había sido un año lleno de angustias y desesperanzas. Todo aquello que representaba felicidad para mí simplemente había desaparecido del horizonte. De pronto, caminando sin rumbo por un concurrido centro comercial estabas tú. Quizá me miraste primero, tal vez lo habías planeado, o fue el universo que conspiró. Tan sólo sé que salió muy bien.
Yo miraba un anillo muy bello en el escaparate de una tienda, y una voz tan especial me dijo: ¿Le gusta? Es un modelo único tiene un fino brillante y es además muy pequeño parece hecho justo para su mano. Su voz me sorprendió. Su amabilidad, sus ganas de mostrarme el hermosísimo anillo. Quedé hechizada de pronto por una fuerza divina. Simplemente ingresamos en la tienda y pidió me mostraran el anillo.  Efectivamente estaba hecho justo para mi delgado dedo. Me dijo lo hermoso que me quedaba y si lo quería llevar. Pedí me disculpara, pero no podía llevarlo, pues era demasiado caro para mí. Insistió, pero no se percató que sólo estaba probando su capacidad de hacer cosas por mí y para mí. 
Le agradecí por todo y salí algo aturdida por lo sucedido, ¿Quién era ese hombre que había causado ese temblor en mi cuerpo tan solo con escuchar su voz?
Estaba nuevamente caminando distraída por el centro comercial cuando sentí una mano sobre mi hombro. Regresé a mirar y era él una vez más diciendo ¿Me permitirás invitarte un café? Me asustó un poco su insistencia, pero esa fuerza extraña me hacía seguirlo. A partir de este momento todo siguió tan fluido como en una dulce historia.
Nos sentamos en una pequeña mesa con vista a una tienda de mascotas. Le dije -  hola soy María Lucía – presentándome formalmente - María lucía soy Antonio – respondió él. - ¿Pero te has salido del trabajo? - le inquirí, - ¿O estás fuera de turno? - sonrió y me dijo -  yo no trabajo en la joyería. Lo que sucede es no sabía cómo acercarme a ti -. No dejaba de mirarme a los ojos mientras me confesaba todo esto - Estás loco - dije y empecé a reír -. No entiendo por qué reía. Tal vez eran los nervios, o tal vez por su audacia. El hecho fue que empezamos a reír juntos. 
Tomamos unos cafés, el mío express y el suyo americano. Aún puedo sentir el aroma del delicioso café revoloteando alrededor nuestro como conspirando para que algo pase.
Conversamos de tantas cosas. De nuestras vidas. Era como si nos conociéramos de antes, y tan sólo el lugar y el momento estaban esperando para que nos juntáramos. Sin darme cuenta el tiempo había transcurrido. Dos horas conversando. Miré el reloj discretamente para saber la hora -. ¿Pero ya te tienes que marcharte? – Preguntó - Disculpa he robado mucho de tu tiempo - Sonreí y le dije - nada de eso, has alegrado mi día, pero sí debo marcharme, tengo cosas que  hacer -.
Intercambiamos números de celular y prometimos llamarnos. Salimos del café y me acompañó hasta una de las puertas principales del inmenso centro comercial. - ¿Sí  quieres puedo llevarte? - me dijo. Le agradecí y le respondí que  prefería caminar, pues eso me ayudaba a pensar –. Bueno -, dijo él. Al despedirnos y al querer darme un beso en la mejía, nuestros labios se rosaron sin querer. - Disculpa - dijo él y yo sonrosada dije - No, no hay problema - y empecé a reír, alejándome, siguiendo riendo sin saber porqué.
Habían pasado algo de 10 minutos desde que nos despedimos y mi mente no dejaba de pensar en Antonio. Ese hombre encantador que había conocido estaba ya cerca de mi departamento cuando mi celular empezó a sonar. Era él. – Hola -, me dijo con esa voz tan especial, varonil, fuerte y atractiva. - Sólo te llamaba para invitarte a cenar esta noche. ¿Podrás o tienes algo que hacer? – No, no tengo nada – respondí casi automáticamente. - Entonces te paso a buscar a las ocho y media - Pero ¿no conoces mi casa - le dije ingenuamente sin darme cuenta que me había seguido y estaba tras de mí. -  Da vuelta - me dijo, y al voltear estaba él. Sonriendo  me dijo que no quería perderme. Reímos nuevamente, y me dijo me recogería a la hora pactada. Me dio otro beso en los labios. Me quedé helada, pero me gustó. Reí nuevamente y entré a mi edificio.
Toda la tarde la pasé pensando en Antonio. ¿Quién era ese hombre divino que había aparecido de la nada y que parecía estaba predestinado para mí? Era hora de prepararme para mi cita. Había olvidado preguntar el lugar al que me llevaría. No sabía cómo vestir y me daba pena llamar para preguntarlo. Eran casi las siete  cuando sonó el celular y su voz me dijo ponte un vestido que iremos a un lindo lugar. Era genial. Había leído mis pensamientos y respondía a mi pregunta, pues no quería estar mal en cita con él.
Me había puesto mi vestido verde oscuro. Era de una seda muy suave con unas “tirillas” finísimas que caían sobre mis hombros. Llevaba un escote muy sutil por delante que dejaba apenas ver el comienzo del busto, pero que invitaba a desear  saber que más había allí. Por la espalda un profundo escote que llagaba casi hasta la cintura. Se cogía apenas con un finísimo broche que hacía juego con los zapatos plateados. El cabello suelto y rizado. Poco maquillaje para no verme recargada y a esperar poder saber algo más de Antonio, mi príncipe encantador.
El timbre sonó a las 8:30 en punto. Estaba algo nerviosa al abrir quería causarle buena impresión. Al abrir la puerta me miró de pies a cabeza y dijo: justó como te soñé, estás preciosa María Lucía. Vamos, sé que te va a gustar el lugar. Llegamos hasta una casa hacienda, casi saliendo de la ciudad. Había muchos jardines y en uno de ellos al centro una mesa arreglada justo para nosotros. Flores alrededor aromatizan el lugar. La luna asomaba poco a poco. Las velas en la mesa. El vino y la comida fueron servidos por una dulce mujer quien tenía una dulce sonrisa en los labios. Me quedé maravillada de todo lo que sucedía. Conversamos y reímos mucho nuevamente. Él era historiador. Había escrito muchos libros sobre la cultura peruana. Amante de la buena música y del arte andino. Pero sobre todo era un hombre que parecía haberme estado buscando. En una de sus investigaciones y me había descubierto. Era como la otra parte de mi alma. Ese pedazo que tanto me faltaba.
Al terminar la cena me propuso bailar. Miré alrededor buscando la música. Sacó un pequeño control remoto, y la música apareció. Eran boleros muy antiguos que habían sido adaptados al jazz. Bellos y románticos.  Era un hombre interesante. Parecía saber muchas cosas y estaba dispuesta a aprender de él. Detuvo por un momento nuestro baile sirvió una copa de vino y me dijo: - por haberte podido encontrar -. Yo simplemente pude decir: - ¡Porque siga conspirando el universo! -.
Me tomó entre sus brazos y poco a poco fue acercándose cada vez más a mí. Podía sentir uno de sus dedos acariciando mi espalda y poco a poco, pues estábamos demasiado cerca uno del otro. Su mano suave acariciaba toda mi espalda podía sentir el latir de nuestros corazones de lo cerca que estábamos. Aspirando el aroma de mi cabello me dijo - que delicioso perfume el de tu cabello – mientras descendía por mi cuello   causándome una emoción tan grande que me hacía estremecer. El aroma a chocolate que llevaba había causado una magia excitante entre nosotros. No dejaba de recorrerme excitando mis sentidos. El deseo de que me besara era  cada vez más fuerte. Lo hizo. Primero muy suavemente, y luego con fuerza, con pasión, y hasta con desesperación. La misma que había originado en mí.
Estaba segura que había leído hasta mi último pensamiento. Mis ganas de sentirme amada por él, de sentirme poseída, de sentir que él era esa parte de mí que había estado perdida en algún lugar del mundo, y que por fin la había encontrado. 
Caminamos por el jardín Antonio me mostraba el lugar. La luna hacía que todo se viera tan claramente. Otro hermoso bolero sonaba en el equipo. Juntamos nuestros cuerpos y bailamos. El baile, el lugar la música, el momento. Todo era perfecto. Me miró a los ojos y me dijo - gracias por dejarme encontrarte -. Nos besamos, primero con dulzura, luego la dulzura se fue tornando en pasión, y hasta en desesperación. Queríamos comernos uno al otro, poseernos, amarnos hasta lo más profundo de nuestro ser. Beso mi cuello, mi espalda. Bajó las tirillas que sujetaban los hombros y poco a poco llego hasta mis pechos. Los besó como si fuera un niño. Saco el broche e mi espalda. El vestido se deslizó suavemente. Le saqué la corbata y la camisa como jugando con él. Desabroché su correa y su pantalón, y así poco a poco lo saqué. Su piel y mi piel al juntarse se estremecían. Por momentos pasaba como una fuerte corriente eléctrica. Nos amamos en el enorme jardín. Creo que hasta desgastamos nuestros labios de tanto besarnos. Una tenue brisa fría llegó hasta nosotros. – Ven - me dijo, e ingresando hasta la casa me llevó a su cuarto. Era un hermoso dormitorio revestido en madera. La amplia cama tenía sábanas blancas de seda. La música parecía seguirnos a donde fuéramos. Me cargó y me llevó hasta la cama donde nos amamos con desesperación, con locura. ¡Con amor!.. No necesitamos más tiempo.  Sabíamos que nos habíamos encontrado y que jamás nos separaríamos…

martes, 28 de junio de 2011

EL AMOROSO SILLÓN

Hay objetos materiales que significan tanto en nuestra vida que merecen más que escribirles unas líneas.

Era marrón y enorme el sillón de su casa, ubicada en el centro y cerca de mi paradero). Ahí estudiábamos hasta que su abuela se iba a dormir. Entonces se convertía en el perfecto lecho de amor donde la pasión invadía el lugar hasta que, después de férrea resistencia, era expulsada por la culpa. Es entonces que tenía que calmarla con enorme comprensión y ternura para que se vaya a dormir tranquila. Ella conocía mis debilidades (como yo las suyas). Cuando quería motivarme se ponía un polito y un short rojo que eran como una segunda piel que cubrían y resaltaban la suya, blanca y divina. Se sentaba en mis piernas y luego los besos y caricias se sucedían en apasionados episodios que la adrenalina de que alguien nos descubra le daban el encanto de lo prohibido. Cada vez avanzábamos más, lo cual significaba una culpa mayor de su parte y un trabajo mayor para sosegarla. Era hermosa (aunque muy engreída). Su cuerpo era esbelto y su fino cuello tenía la suavidad y el aroma que deben poseer los ángeles. Decenas de veces mis labios se solazaban en él, mientras le susurraba cosas bellas al oído. Ella gemía suavemente (no vaya a escuchar la abuela) y apretaba mis hombros con desesperación. Luego me apoderaba soberanamente de sus labios. Inventábamos mil formas de jugueteos desesperados, pues lo que ansiábamos es no tener que separarnos jamás. A veces debía curarme las deliciosas heridas que dejaban sus dientecitos en mi boca. Pero todo valía la pena.

No es necesario ser explicito. Sólo diré que aún conservo la celestial sensación de haber recorrido cada centímetro de la tersura de su piel. También se mantiene vivo el fuego que despertaba su boca en mi cuerpo.

Ese generoso sillón nos enseñó a conocernos, a explorar nuevos territorios, y sobre todo a amarnos con sin límites, por ello tiene mi eterno tributo.

Todo cambió cuando se fue a vivir más lejos. Ya no podíamos quedarnos solos , y sobre todo ya no estaba el acogedor sillón de nuestras noches de amor. Otras motivos también nos fueron alejando. Inexorablemente, terminamos tres meses después...

lunes, 23 de agosto de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte IV)

El capítulo anterior terminaba con Shanina tomando el vuelo más confundida que nunca. Resulta que Kill Bill no se había resignado a separarse de ella. Había comprado dos boletos en lugar de uno y ahora volaban juntos rumbo a Lima. Ella al comienzo pensaba que era una locura, pues las cosas se complicarían. - Confía en mí - fueron las palabras de Bill – Tú tranquilidad es algo que cautelaré de forma sagrada – le dijo mientras la abrazaba. Ella también lo abrazó fuertemente, mientras le ofrecía sus labios de diosa. Fue el viaje más maravilloso del mundo. Él no se cansaba de acariciar su cabello mientras aspiraba su aroma a champú de fresas. Besaba su cuello con delirio porque ansiaba conservar dentro de sí ese perfume que tanto lo enloquecía. En realidad todo lo de ella lo hacía perder el control. Su mirada traviesa y sobre todo esos labios que no quería dejar de besar nunca. Ella se acurrucaba contra su pecho sintiéndose tiernamente protegida y esperando que ese momento nunca termine. Le guiaba sus manos por toda su piel mientras una especie de electricidad estremecía su cuerpo. Sus labios, rojos de tanto besarse, seguían buscándose de la misma manera en que el sediento busca el agua. Inventaron mil formas de unir sus bocas. Unas tiernas y suaves y otras tan ardientes que no tenían miedo lastimarse. En esos momentos hubiesen querido que el avión no aterrice y diera una vuelta completa a la tierra para seguir amándose, pero sabían que se acercaban al aeropuerto. La inevitable pregunta fue pronunciada por ella. - ¿Y qué harás ahora? – le dijo mientras se aferraba a sus manos – Te prometí que todo saldría bien y lo cumpliré. Todo está planificado – respondió rozando su nariz con la de ella como lo hacen los esquimales. Por fin llegaron al aeropuerto. Descendieron del avión. Él le pidió acompañarla hasta su casa, pues quería disfrutar los últimos minutos a su lado. Siguieron besándose como locos sin importarles la gente, hasta que llegaron a su casa. Le dijeron al taxista estacionarse dos cuadras antes, y llegó el momento de la despedida. Se abrazaron fuertemente intentando fundirse en un solo ser para no separarse nunca. Pero el destino era de acero y el debía volver. Le mostró su boleto de regreso para ese día y ella no pudo evitar que las lágrimas surcaran su rostro. – No llores vida mía – le dijo él mientras la estrechaba contra su pecho y besaba su cabello. – Me has dado la felicidad más grande del mundo en estos días y ten la seguridad que esta despedida no es definitiva – Ella levantó su carita con curiosidad y después de besarlo, escucho las últimas palabras de Kill que se tatuaron en el corazón. – No creo que Dios o la vida sean tan mezquinos que nos nieguen la oportunidad de volvernos a ver. ¡Ten fe mi cielo, el amor lo puede todo! – Se abrazaron por última vez. Él le dijo al taxista que lo conduzca de nuevo al aeropuerto. Después de los maravillosos momentos en la playa y en el vuelo, Shanina y Kill Bill sólo se encontraban virtualmente. Cada noche platicaban, reían, se alegraban, y también a veces se entristecían o molestaban, pero les duraba poco. De esta manera la soledad fue una cosa del pasado para ambos. Sólo amenazaba cuando no podían conectarse al internet o al celular, cosa que rara vez ocurría. Tanto se iban sintonizando sus deseos de sentirse juntos que ya no era necesario concertar una cita “virtual”, dado que casi siempre ambos coincidían. También ambos fueron olvidando a sus parejas, y aquí haré una breve reflexión. La naturaleza del amor se concreta cuando pensamos y deseamos a otra persona todo el tiempo del mundo, y eso precisamente, sentían Shanina y Kill. Contrariamente, las personas a las que formalmente estaban unidos, no suscitaban la milésima parte de la emoción que sentían cuando se encontraban en el chat, cuando pensaban el uno en el otro, o se deseaban, o se soñaban. No hay que olvidar que dos almas ensoñadoras como las suyas le daba magia a cada momento. De esta manera cuando ella contemplaba el cuadro de la luna pintada por su amigo, alcanzaba a ver los ojos de Bill en el cuadro. Él también percibía la sonrisa de ella cuando absortamente se quedaba contemplando las estrellas. Pero aún faltaba algo bello. Un pequeño ser fue creciendo dentro de Shanina. Era hijo de Bill como podrán suponerlo. No obstante opinarán con sentido común que los embarazos virtuales o telepáticos no existen. Es verdad, aún no existen y quizá debieran existir. Pero el hecho es que el bebé fue creado en aquella noche de amor en la playa cuando ella viajó para encontrarse con él. Cada día sentía como su vientre crecía y era tanta la emoción que no pudo esperar que nazca para ponerle un nombre. Conjuntamente con Bill le pusieron Ángel Rafael. El primer nombre no necesita mayor explicación, pues estaba llamado a cuidar del amor de ambos. El segundo nombre era el complemento del primero porque Rafael significa “El resplandor de Dios que cura”. Shanina alumbró al amanecer de un día con un sol radiante. Parecía que hasta la naturaleza saludaba al pequeño Ángel Rafael que vino al mundo lindo y robusto. Había heredado los bellos ojos de su mamá y parecía sonreír cuando miraba. De Bill al parecer iba a tener la voz, pues lloraba que casi ensordecía cuando quería tomar su leche. La mamá no podía evitar lágrimas de emoción cuando lo alimentaba. Era el más grande tesoro que había recibido del cielo. Lo colmaba tanto de besos que el pequeño no quería separarse de ella en ningún momento. Mientras tanto Bill preparaba maletas para viajar a conocer a su retoño. Ya había ideado todo un plan para no causar el menor problema. Moría de ganas de tener entre sus brazos al pequeño y a su mamá y colmarlos de besos. La felicidad que lo embargaba hacía que los inminentes problemas que afrontaría, fueran mínimos.

lunes, 2 de agosto de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte III)

Hay una escena memorable en la película Casablanca. Humphrey Bogart abraza amorosamente a Ingrid Bergman. Ella está angustiada ante la disyuntiva de seguir los dictados de su corazón y quedarse con Rick (Bogart), o ser fiel a su esposo Victor Laszlo hacia quien siente la más elevada gratitud. Es entonces cuando Bogart pronuncia estas célebres palabras: “Confía en mí, Deja que yo piense por los dos”. Kill Bill quiso emular a su actor favorito cuando Shanina le dijo que debía optar entre dejarse llevar por su amor hacía él, o intentar, una vez más, salvar su matrimonio. Lo último suponía perdonar la infidelidad de Carlos (su esposo) a quien aún amaba, y así después no arrepentirse de no haber agotado los intentos. Kill Bill sabe que en esta historia alguien tiene que perder. Es consciente que llegará el día en que Shanina tendrá que decidir entre materializar su idílico e etéreo amor, o volver con Carlos y reconstruir su vida. Decide entonces apelar al altruismo que todos llevamos dentro y dejar que su amada regrese con Carlos. Sabe que puede perderla para siempre y sumirse en el dolor, pero también sabe que es peor vivir con algún remordimiento en el futuro. Ella, por su parte no quiere perderlo para siempre. Siente que algo nuevo y hermoso ha florecido en su corazón y se resiste a renunciar a él. Nada es totalmente seguro, pero Kill Bill alcanza a ver que es muy probable que esté asistiendo a la despedida del más grande amor de su existencia. Por ello propone una despedida inolvidable. Uno de los dos viajará para encontrarse, conocerse personalmente, y luego decirse adiós. Será el más grandioso final, como aquellos de las películas que tanto le gustaban. Prepara las cosas minuciosamente para el encuentro. Será un fin de semana de playa teniendo al mar como romántico cómplice. Lo ultiman todo en sus citas finales en el facebook intentando mantener alejada la melancolía del adiós. Entre bromas, palabras de aliento, poemas y canciones se preparan para el gran evento, y llega el día. Él la espera en el aeropuerto sintiendo que su corazón va a estallar de emoción. La reconoce en cuanto baja del avión y por primera vez, y sin importarles la gente, se dan el prometido y postergado abrazo de bienvenida. Le entrega las rosas rojas que acaba de comprar y ella casi llorando de alegría lo abraza más. Les parece increíble estar por fin juntos. Caminan unas cuadras hasta tomar el bus que los llevarán a la playa. No sienten el trayecto del viaje de tanto conversar, reír y escuchar música que él ha grabado para ella. Arriban a la playa e inmediatamente se dirigen al hospedaje. Toman una refrescante ducha y se preparan para ir a contemplar el ocaso frente al mar. Llegan justo cuando el sol se refleja en el mar entre amarillo y naranja. Caminan embelesados por la arena dejando que el agua moje sus pies. Ella dice sentir frío y él la abraza tiernamente. Sienten que en ese momento sólo existen ellos dos y el mar. Casi pierden la noción de la realidad y sólo escuchan los latidos de su corazón acompañados por el relajante sonido de las olas. Se tumban en la arena cuando el sol casi agoniza en el horizonte. La brisa se torna fría y tienen que abrigarse aún más. Se estrechan fuertemente y sucede lo tantas veces vivido en la dimensión de la fantasía. Su piel se une casi desesperadamente, la mitad por el frío y la mitad por amor. Se besan, primero suavemente y luego casi con desesperación. La noche y la luna de Shanina más radiante que nunca, los encuentra entrelazados como si no quisieran que exista un espacio entre ellos. Se aproxima el sagrado momento de entregarse por completo y hacerse suyos el uno al otro. Es difícil describir estos instantes de tan elevada felicidad. Sólo diré que, mientras el mar cantaba para ellos, ninguna parte de su piel fue ajena a la más dulce y ardiente caricia que se pueden prodigar dos amantes. Era la primera vez que intimaban y sin embargo sus cuerpos se entendían tan perfectamente que no eran necesarias las palabras. Tan maravilloso era ese momento que por ratos sentían que sí existía el cielo, eso era lo que más se le podía parecer. Todo fue divino esa noche. Caminaron, rieron, volvieron a hacer el amor. Llegaron a la habitación del hotel comieron, bebieron champagne haciendo mil conjuros por tan maravilloso encuentro. Esa noche olvidaron el mundo. Se durmieron abrazados escuchando suave baladas, sin recordar que ella tenía que partir (a él le dolía decirlo) para intentar reiniciar su vida de casada. No relataré las cosas cotidianas o tramitarías del viaje de regreso. Sólo recordaré sus últimas palabras. Igual que en Casablanca, Shanina dijo que ya no deseaba separarse nunca más de él. Kill Bill le recordó que habían acordado que él sería quien piense lo mejor para los dos. Cumplamos lo pactado le enfatizó. Ve y otórgate la última oportunidad. ¿Y nosotros? Preguntó ella. Y al mejor estilo de Casablanca, él le respondió: “Para nosotros quedarán los recuerdos de la playa, eso nadie nos lo arrebatará”. Ella tomo el vuelo de regreso más triste y más confundida que nunca…

viernes, 30 de julio de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte II)

Dicen que el internet tiende a deshumanizar a las personas. Que las aísla, pues la frialdad de una máquina jamás reemplazará al contacto directo y material. En fin, dicen tantas cosas malas del internet que Shanina comenzó a frecuentar ese mundo, más por solitaria curiosidad, que por una gran expectativa. Sin embargo, para su beneplácito conoció a otros solitarios, tristes o sumidos en el desamor como ella. Descubrió historias tan similares a la suya que también comenzó a escribir en el muro de su cuenta de Facebook. Pronto se sintió atrapada por los conmovedores testimonios de aquellos espíritus sensitivos y románticos que sintonizaban con su alma soñadora. Y lo descubrió a él. Se hacía llamar Kill Bill (como la película de Tarantino). Tenía la dosis exacta de inofensiva locura que en el fondo es infantil ternura (hasta riman), sólo entendida por almas sensibles como la suya. Pronto Shanina comenzó a llegar puntual a sus citas con su impredecible personaje del facebook. Antes de continuar debo enfatizar algo poco reparado por los adictos al mundo del Internet. Éste, como otros medios de comunicación genera otros universos paralelos. Lo que intento explicar es que mientras Kill Bill y Shanina chateaban, simultánea o posteriormente se entregaban totalmente al mundo de la fantasía. Él desde su biblioteca, y ella (con ropas muy sensuales) desde su acogedor lecho, digno de su anatomía de diosa. De esta forma, ambos dieron vida a un mundo tan real, por la fuerza y calor de sus sensaciones, como el que los demás conocen. Las noches de luna eran ahora acompañadas por sesiones de internet donde compartia inolvidables momentos con su inesperada alma gemela. Mientras sus dedos se desplazaban por el teclado y sus ojos por la pantalla, sus fantasías calentaban el frío invierno de la época. Nunca se habían saludado ni con un apretón de manos, pero en su imaginación ambos vivían un intenso romance con el cual fulminaban la distancia. Juntos se entregaban a un ritual de pasión y ternura. Ella experimentaba cosquilleos cuando él jugaba con sus cabellos embriagándose con su aroma una y otra vez. Luego se sentía atrapada entre sus brazos tan fuertemente en un idílico anhelo por fundirse uno en el otro. Sus corazones vibraban al unísono y sus labios se decían cuanto se amaban en su propio lenguaje. A estas alturas muchos dirán que ninguna emoción será igual a las que produce un encuentro personal y directo. Pues lo más seguro es que nunca han explorado el campo de la fantasía. Lo cierto es que se requiere contar con una exquisita sensibilidad para acceder a estas dimensiones. Y Shanina y Kill Bill sin duda la tenían. De tal manera que para ellos no era imprescindible la presencia física para amarse con tal impetuosidad que casi siempre terminaban agotados de tanta pasión y de tanta ternura. Y no se trataba de las experiencias de sexo virtual que ofrecen muchas webs como negocio. Lo que ellos vivían era mucho más íntimo y místico, pues involucraba todo su ser. Juntos se desvanecían y trasladaban a mundos donde la prueba de su realidad era la vehemente nitidez de sus sensaciones. Por ejemplo, para el común y corriente de las personas hacer el amor es frotar sus cuerpos hasta llegar al éxtasis. Para ellos hacer el amor era entregarse por completo a un ritual donde las tiernas palabras eran un susurro en sus oídos que escarapelaba su piel. Era contemplar sus ojos con la más dulce mirada y reír juguetonamente como niños. Sus cuerpos adquirían el caracter de divinos templos donde la soledad que antes perseguía sus vidas, se convertía en la más celestial comunión cuya belleza es imposible describir con palabras. Estos encuentros que eclipsaban la trivialidad de la vida cotidiana los esperaban cada noche, y cuándo por algún motivo no se suscitaban, precisaban compensarse con una llamada que prodigara su voz en el teléfono. Sus amigos o contactos en el Facebook solían leer frases de amor o vídeos musicales dedicados el uno para el otro. Pero esto era sólo la punta de un iceberg (de un volcán sería la palabra más apropiada) cuyos códigos sólo eran compartidos por ellos. Este ensoñador universo era por momentos la cima de toda su existencia. Sin embargo, como nada es perfecto, su continuidad requería de algo urgente que resolver…

domingo, 18 de julio de 2010

APAGABA LA MÚSICA CUANDO HACÍAMOS EL AMOR


Quienes me conocen saben de mi devoción por la música. Cuántas veces he cerrado los ojos para que los audífonos me transporten a mágicos universos de donde no he deseado volver. Por ello la siguiente confesión no está exenta de la innoble sensación que nos produce la ingratitud (hacia la música, fiel compañera). Hay quienes les agrada escuchar canciones suavecitas cuando hacen el amor. Yo prefería ser tocado por la celestial melodía de tus gemidos. De aquellos susurros que oscilaban entre la más angelical ternura y la más enloquecedora pasión. Estas entrecortadas palabras habían sido hechas para hacerme tocar el cielo, y hoy se empobrecen al escribirlas. Por ejemplo, sollozos como: ¡Te amo!, ¡Nunca me dejes!; o más aún ¡Soy toda tuya!, no eran frases para la semántica. Eran divinos dones que me ofrendabas con el más ardiente amor. Habían sido creadas para ti, pues sólo en tu boca despertaban emociones desbordadas de místico embelesamiento. No sólo eran aprehendidas por mis oídos, sino agitaban cada una de las células de mi deslumbrado ser. Y es que estaban férreamente ligadas a tu piel blanca, suave y ardiente. A tu dorado cabello cuya fragancia quería eternizar en mis sentidos. A tus labios rojos y humedecidos de ese néctar que me prodigabas con tanto amor. Por eso prefería el silencio para poder sentir todo lo que decías en  su indescriptible belleza. Disfrutar de tu voz en la plenitud de cada segundo. Embriagarme con ellas y tatuarlas en mi piel para evocarlas en estas noches de soledad. Como ahora que la nostalgia se confunde con el ansia de volver al paraíso de tus deliciosas palabras...

jueves, 20 de mayo de 2010

DESAMOR + AUSENCIA + DOLOR

Estas noches desoladas trituro la rabia de no sentirme amado. Me asusto de odiar a kienes pueden besar a un ángel (sin merecerlo). Pues descubro akella kurxi farsa de que el amor engendra más amor. Cuando nos aman el egoísmo nos deforma, y cuando amamos, nos manipulan hasta la humillación, y ambas cosas hieren Es cierto, tuve mi breve cielo de estrellas, pero su fugacidad y la triste nostalgia de sus días agiganta este nudo en mi garganta ke me impide gritar. Duele decirlo, pero no hay peor desdicha ke mirar como los otros son felices mientras uno se desangra. De ke sirve escribir estas patéticas líneas, si al final me kedo tan solo, ausente de la anhelada caricia de la diosa que inmisericordemente me deja. Sí la disyuntiva es vivir o escribir, ya me cansé de sólo soñar con esos labios redentores y sentarme cada noche a derramar mi alma ulcerada sobre una inerte pantalla. Hoy tengo la certeza ke la vida es una cuerda, donde de un lado jala el vacío, y del otro el desgarro. Se rekiere un inhumano ekilibrio para saborear un poco de felicidad. Mañana llevaré flores a la tumba de mi padre, para recuperar la paz ke hoy se llevó mi amada, junto con los besos, casi siempre negados y casi nunca ofrendados...

martes, 26 de enero de 2010

VINDICACIÓN DE LA MUJER FATAL

Busco un atributo cuya sola y única pertenencia haga irresistible a una mujer. La dulzura no lo es, mi abuelita, a sus años, es muy dulce, pero está lejos de erizar mi piel. La ternura tampoco, mi mamá me inspira la más sublime ternura, pero nunca la veneración que siento por ella se convertiría en deseo ¿La sensibilidad? No lo creo, tengo una amiga que derrama lágrimas de embeleso ante una puesta de sol, pero nunca me la llevaría a la cama. ¿La simetría facial? (definición técnica de la belleza física). No es suficiente. Conocí a una chica de ascendencia nórdica. Tenía los más bellos ojos azules y diez rasgos de ese tipo. No obstante, no llegué a enamorarme de ella (y ella menos de mí).He mencionado las más elevadas o selectas cualidades sólo para descartarlas. Ahora, es verdad que la combinación de todas ellas vuelve sobradamente irresistible a una mujer. Sin embargo, insisto que se trata de una sola cuantía que logre este propósito. Pues, si hay una. La sensualidad ¡Eureka! No está demás aclarar que se trata una subjetiva y arbitraria opinión a la cual trataré de darle fuerza. Comenzaré afirmando que la sensualidad es una combinación de cosas. “Así cualquiera”, dirán. ¡Un momento! ¿Acaso la dulzura no es una mirada, mas una sonrisa, más una voz, más unas palabras, o unos silencios, y otros gestos más? Igual las otras virtudes mencionadas. ¿Dónde está la ventaja seductora de la sensualidad?Primero diré que puede ser considerado como tal. Unos labios carnosos semiabiertos que besan sin tocar, una mirada penetrante que destroza tus defensas, una sonrisa insinuante, una voz que se convierte en susurro, etc., etc. Ahora ¿Por qué esos encantos embriagan a un hombre? Se trata de un asunto de hormonas que alteran la dinámica corporal. El corazón se acelera, las manos sudan, la voz se entrecorta, las piernas tiemblan y, tal vez lo más claro, es que sentimos que podemos mandar todo al diablo por tener a esa mujer. La mitad de los hombres caen ante una que posea estos encantos y la otra mitad se arrepentirá de haberse resistido. Evidentemente estoy situado en un plano ajeno a la ética y a los indispensables valores que implican la superación integral, la propia felicidad y son inherentes a nuestra condición humana. Pues todo amigos, tiene su precio. Poseer a una mujer sensual significa caminar sobre una delgada cuerda, con la pasión en un extremo, el sufrimiento en el otro y la muerte esperando a que resbales de la cuerda. No en vano una mujer sensual que se respete, será también UNA MUJER FATAL

domingo, 10 de enero de 2010

APRENDIENDO A CONQUISTAR


Hay una tendencia, casi siempre inconfesable, de comparar a tu pareja con la de tus amigos. Si sales "ganando" no habrá mayor problema, pero si no es así la mayor parte de las veces no podrás vencer tus deseos de despojarlo (siquiera imaginariamente) de aquello que consideras merecer más que él. Las mujeres en cambio, mucho más observadoras e intuitivas, inmediatamente saben cuando han despertado el interés de un hombre. Si el galán les resulta atractivo utilizarán sus mejores armas de fascinación, sino a lo mucho serán gentiles. La mujer es más refinada, pero efectiva, para seducir. Su estrategia está hecha de gestos a los que el varón no puede resistirse. Una mirada furtiva, una sonrisa que se diluye en los labios, un caminar insinuante. Un acto provocativo y desafiante es hacerle cariños a su pareja sólo para hacer provocar. “Te mueres por tener lo que él tiene” parecen decir atormentado más al pretendiente que comienza a sentirse perdedor. Esa es la palabra clave. A ningún hombre le gusta perder cuando de mujeres se trata. Los más torpes resolverán el asunto (su envidia) con una tirria al afortunado. Los más diestros, iniciarán todo un ritual de conquista dotado de paciencia y perseverancia. Se trata de que la musa tenga claras las intensiones del conquistador, pero su pareja no. Por ello debe combinarse respeto con finas atenciones que toquen la sensibilidad de la “Julieta”. Algunos tienen todo un libreto ya aprendido y repetido a la saciedad. Palabras como: “Supongo que te has dado cuenta como sobresales entre todas las invitadas”, o, “De quién heredaste esa hermosa sonrisa”, son parte de estos guiones. Sin embargo, además de los cumplidos, pocos hombres conocen la efectividad de escucharlas con interés, antes que hablar y hablar. La clave es descubrir un tema que  la apasione, para hacerle las más interesantes y oportunas preguntas. Ahondar en sus conocimientos y celebrar sus ocurrencias garantizan el puente de confianza a través del cual se llegará a su corazón. Se trata de conducirlas desde la risa regocijada hacía la ternura femenina que se alimenta de sus recuerdos y sueños infantiles. Logrado esto ya se habrá asegurado por lo menos un ansiado beso. ¿Parece fácil no? Sin embargo sólo la experiencia asegura el éxito, aunque sea (como dije líneas arriba) en el mundo de la fantasía...

jueves, 31 de diciembre de 2009

EXQUISITECES AMOROSAS


El aroma a jabón fino hoy me transporta a las imperecederas noches de amor en lujosos hoteles (no pagados por mí), que fueron tal vez, lo más sofisticado que viviré por siempre. Cuando sé es joven y las ansias apuran, cualquier lugar es bueno para entregarse al más apasionado goce. Sin embargo con los años, cuando hacer el amor se vuelve una elevada ceremonia, aumenta el refinamiento y hasta los detalles más ínfimos cobran significado. No es lo mismo un jadeo desenfrenado que una voz que susurre tu nombre con refinada ternura. Las fragancias, las tersuras, y sobre todo los gestos dan a cada encuentro el estatus de único e inolvidable. Esos momentos hay que saborearlos segundo a segundo. Por ello no se debe apagar la luz para contemplar embelesado el cabello, la traviesa y dulce mirada, los sensuales labios, y la piel de la amada que enceguece con su brillantez y perfección. Con los años uno aprende también, el maravilloso ritual de compartir una tina o una ducha. El agua corriendo por todo el cuerpo da un embriagador encanto inútil de resistir. De esos instantes precisamente ha quedado tatuado en mi alma el aroma a jabón fino que hoy me saca del presente llevándome a muchos veranos atrás. Con los años también se aprende a deslumbrarse contemplando una lencería fina que envuelve el tesoro insinuante que acrecienta las ganas de amar por completo. No se trata de dar rienda suelta a los impulsos del cuerpo, sino de sentir en los labios y en las manos cada centímetro de la piel del ser amado. Quizá lo afirmado puede parecer artificial o frívolo, pero cuando no se tiene prisa, pues la doncella ya no tiene que llegar temprano a su casa, se puede preparar una imborrable jornada amorosa que abarque todo un fin de semana (con sus días y sus noches). Una buena película, una suave y melódica canción, y sobre todo una tierna y divertida plática forman los necesarios intervalos entre uno y otro ritual. Cuando se llega a esos niveles de exquisitez amorosa, sólo debes preocuparte en responder a las expectativas de la especial ocasión, pero como todo lo gobierna el cerebro, es decisivo despojarse de temores e inseguridades para tener el ánimo y todo lo demás en su más alta cumbre. Definitivamente el amor es un arte y lo descrito aquí es sólo un buen intento de aspirante o aprendiz de artista.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

EL BESO DE UN ÁNGEL


Quizá a estas alturas de la vida el placer afectivo sea una de mis cumbres existenciales. Por ello besar a un ángel es un milagro ya casi no esperado. Sin embargo, sucedió y, como maravilloso regalo navideño, me fueron ofrendados los labios del hada que he amado desde hace siglos. Así es amigos. Esa noche venturosa de diciembre cumplí un anhelo afincado en lo profundo de mí ser. Aunque el momento vivido es indescriptible en su esplendor, intentaré aproximarme en mi relato. Primero atrapé sus manos que las sentí regocijarse entre las mías. Acaricié sus delicados cabellos y aspiré su perfume, llevándome con ellos, lo que quedaba de su rubor de niña buena. Llegar al paraíso de su boca era inevitable e irresistible. Si hubiese tenido que suplicárselo, no habría dudado, pues el tesoro aguardado, bien merecía morir si fuera necesario. La desesperación por poseernos se tornó en una deliciosa y sublime lucha de nuestras labios que se movían velozmente como pececillos marinos. En medio del torrente de pasión quise fijar en mi recuerdo cada segundo de ese recorrido por las divinas aguas del amor. Estas palabras apenas son tenues reflejos de aquellas, nuestras entregas y las escribo porque no resisto más, el deseo de compartir mi más deslumbrante momento de felicidad.