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jueves, 8 de mayo de 2014

LA FE DEL CORAZÓN

Ella tenía treinta y era la mujer más fogosa de esos lares. El tenía veinte y era de los muchachos de inocentes sentimientos. Ella lo amaba sin condiciones, que es lo mismo que decir era la más feliz de la pareja. Lo veía como a un niño. Se había enamorado de su traviesa ternura que tantas dulces sonrisas le había hecho brotar. Pero él conservaba aún algunas viejas culpas que lo hacían sentirse libertino cuando terminaban de hacer el amor. Pero no podía dejar de desearla con insaciable furor, y de nuevo corría a sus brazos. Luchaba contra esas ancestrales enseñanzas religiosas que lo llenaban de pecaminoso arrepentimiento y lo llevaban a acudir al confesionario todas las semanas. El cura, instruido por la doctrina, le exigió dejarla, pues de otra manera lo conduciría al infierno.
Por eso aquella noche había llegado para despedirse. La consigna, dictaminada por el cura, era no dejarse conducir al placer, pues perdería las fuerzas para terminar. Y ahora ahí estaban ambos mirándose. Ella con el deseo en la mirada, y él con la culpa en las pupilas. Conversaron, confesáronse sus temores. A ella le daba pena perderlo, y a él le daba miedo el infierno descrito minuciosamente por el cura. Ambos lloraron, se abrazaron, se consolaron. Por un momento llegaron a sentir que nunca podrían vivir separados. Ella, secándose las lágrimas le suplicó quedarse esa noche. Otorguémonos la última oportunidad, le dijo. Sabe Dios que lo nuestro no es algo que siente la gente todos los días. Eso implicaba, quizá olvidar el inminente final, o quizá tenerlo más presente que nunca para entregarse a la más inolvidable despedida. Sus cuerpos respondieron al desafío y se entrelazaron con la más candente desesperación. La locura, el desenfreno, tocaba los límites del ansia por poseerse y fusionarse en un solo ente. Pero llegados al clímax. Cuando debieron haberse abrazado y dicho cosas lindas, el silencio, aquel del que se quiere huir, se abrió paso, y él se marchó de prisa sin decir nada directo a buscar al confesor. Éste, después de escucharlo, dictaminó que la única solución era el claustro del monasterio. Sin embargo, eso no funcionó. Por las noches la extrañaba tanto hasta que logró escapar por las paredes. La buscó, la amó una vez más y ella juró desaparecerle sus culpas. No volvieron a separarse. Mientras tanto el cura todos los días buscaba a su joven seminarista, culpando a la pecaminosa que lo había “condenado” al infierno…

ARAÑANDO LA PLENITUD


Me miraste burlonamente antes de decirme que el amor se acaba como todo en la vida. Un escalofrío bajó de mi estómago hasta mis pies y sentí por primera vez la amargura de los amores frustrados. Hice un recuento rápido y el balance determinó que era yo el responsable principal de todo esto. Mi excesivo afán de sobreprotegerte había terminado por asfixiar tu vocación por la libertad. Hice un esfuerzo supremo y recobré el aplomo. No obstante, te veía (mi corazón te veía) más linda que nunca. "Todo ese paraíso voy a perder" pensé para mis adentros, pero no cometería el error de suplicar tu clemencia, pues eso siempre agrava las cosas...
Hagamos el amor sólo una vez más antes del adiós, dije fingiendo una seguridad y una audacia de la que carecía en ese momento. Lo aceptaste, quizá como una expresión de gratitud. 
Entonces esa noche nos amamos con desesperación. Las lágrimas (no sabíamos si de tristeza o de felicidad) mojaron nuestros rostros. Nos entregamos por completo intercalando momentos de salvaje pasión con otros de sublime ternura. No queríamos que ese instante termine. Entonces, en pleno éxtasis, nos sentimos arrebatados de la realidad espacio-temporal, y moramos en lo que los teólogos llaman la eternidad. Había leído que ésta consiste en la conversión del presente, del pasado, y del futuro en un único estado. Y eso fue lo que experimentamos. Dios que habita en la eternidad y que nos ama incondicionalmente, nos otorgó el inmerecido don de fusionarnos en un solo ser (no dos sino uno) construido sólo de sensaciones, donde lo místico y lo erótico dejaron de ser opuestos. El amor de ese instante, desprovisto de tiempo, fue tan grandioso que me está prohibido revelar que pasó después (si acaso se puede hablar de un después). Y para los incrédulos: ¿No dicen acaso que el amor lo puede todo?

sábado, 29 de marzo de 2014

ESA NOCHE DORMÍ SOBRE EL CIELO

Y esa noche me dejaste dormir en tus pechos. Suaves y tibios como eran, despertaron en mí pretéritos regocijos. Volví a aquellos momentos inéditos aún al desamor y a la melancolía. El paraíso perdido de la infancia, pero con el divino regalo del goce de esos, tus dos olimpos, que el propio Zeus se hubiera negado a abandonar. No deseaba dormirme para disfrutar de lo sublime de esas sensaciones donde, por obra de un halo mágico, se combinaban la delectación, la paz y la inocencia. Pero tus palabras en mis oídos y tus caricias en mis sienes me transportaron a ese nirvana donde se diluye la materialidad, dando paso a la plenitud. Cuando desperté totalmente reconfortado con el cosmos el sueño ya te había vencido, y contemplé embelesado como crecían tus tesoros al ritmo de tu respiración. No pude hacer otra cosa que besarlos con una gratitud que rozaba el misticismo. Algunas lágrimas de celestial deleite fueron descendiendo por tus brillantes promontorios, y fue cuando despertaste. Creí en ese momento que ya no era merecedor de tanta merced, pero tu dulce sonrisa coronó con orquídeas aquella noche que atesoro como la más alta cima de mi felicidad terrenal. 

HASTA LOGRAR QUE ME AMES

Apartaré la tristeza de tus ojos, para ir descubriendo la alegría agazapada en esa indiferencia a mis mustias palabras. Recorreré con mis labios, uno a uno tus cabellos, hasta que una sonrisa sea el preludio de ese inconfesable amor a mis locuras, vano afán por alegrar tu alma congelada en el temprano dolor de la ausencia de ternura...
Y cuando me dejes besar tus manitas, cantaré para ti las nupcias de la mar y la luna, celebrada por recios marineros, que no resisten el encanto del escarchado cielo. Entonces, me dirás que acerque mi rostro a tu corazón, para escuchar la melodía de un naciente amor, tejido de cuentos de sensuales hadas que ya no quieren cenicientas porque han sentido las audaces caricias del viento...
Te irás acostumbrando a mis palabras, a mis canciones y a mis besos, que un día suplicarás que descubra tus tesoros candorosamente guardados para el cielo. Y serás mía una noche de centellantes luciérnagas y del cantar de los grillos. Serás mía por soberana decisión de tu piel y de tu corazón. Le dirás adiós a la niña de huraña mirada. La nostalgia se ahuyentará con mi protectora risa, y me harás el amor tan dulcemente (yo también te lo haré), que todos los poemas escritos por mí para ti, florecerán en el fuego de tus labios de la sensual mujer que ya dejó de ser niña...

miércoles, 19 de marzo de 2014

MISTICISMO

Esa noche me nutrí de naturaleza pura y fresca, y de relajante música. Contemplaba el río desde el mirador del puente recién inaugurado con los audífonos puestos. Me sentí poseedor, acaso inmerecido, de la dicha de unirme al universo. El aire fresco en el rostro, las luces que se reflejaban en el agua, el cielo donde comenzaban a jugar las estrellas. Todo se había conjugado para que sea feliz. Entonces me miré, desposeído de bienes materiales, pero dueño absoluto de la libertad de quedarme el tiempo deseado en ese éxtasis sensorial, y te recordé a ti, mujer experta en gobernar mi corazón. Es verdad, extrañé tu aroma, pero no hubo la hiriente sensación de la orfandad del alma, como aquella vez cuando me dijiste adiós. La paz con la que naturaleza me inundó, hizo que tu ausencia doliera sólo un poquito...
Si quisiera filosofar, tal vez diría, que la ancestral comunión con la naturaleza nos otorga el más pleno sosiego. Si me sumergiera en el misticismo, quizá sentiría a mi rostro, a mi organismo, a mis átomos, beber de la sabia del cosmos ofrendado a mí en  bello paisaje...
Y a ti, mujer, que te llevaste mis sublimes sueños. A ti, te volví a amar, sin angustia ni desesperación. Como se añora a un amor lejano al escuchar una canción. Estaban allí los viajes a la playa, las risas, las locuras. Ese cachorro que encontramos juntos, y  curamos y cuidamos hasta que se hizo adulto. Pero no estaban más (ni quería que estuviesen), las lágrimas ni las heridas...
Entonces te amé. Con ese amor de los ocasos. Triste, pero bello. Que es el mismo que siente el sol de la tarde hacia la mar...

jueves, 25 de agosto de 2011

LUCHANDO POR NO MATAR LOS SUEÑOS

El campo, el mar, un corazón que ama,
arrullado por una canción de Serrat.
La belleza del amanecer,
la frescura de la mañana, l
la ensoñación de la tarde,
y el cielo estrellado
en una noche cómplice de amor.
Una vida libre para viajar por las cumbres
de una montaña  andina,
o por los desiertos
de una franja que besa al mar.
Diez libros para leer
y una laptop para escribir.
Todo eso, para comenzar,
desde ahora.
No cuando la senectud
cercene las ansias de soñar.

Y es que el tiempo 
es el más grande tirano del hombre. 
Se lleva sus sueños, 
sus ideales y hasta sus amores. 
Ese tiempo tejido de almanaques 
que es como un despeñadero, 
hacia el cual nos dirigimos inexorablemente, 
con casi todas las cosas a medio camino, 
o aún sin empezar. 
Como mi padre 
que sólo deseaba su granja en el campo 
para criar animales 
y escuchar las noticias todas las tardes. 
La pobreza y la salud le cerraron el paso.
 Y ahora, ésta mi vida,
luchando entre la renuncia
y la última batalla por un amor.
La angustia de no poder reconciliarme
con la plenitud de un misticismo, 
liberado de la tormentosa pasión.
Rebelándome, sólo para no envejecer.
Buscando una sonrisa de niña buena
para ahuyentar los sin sentidos.
Abrazado a la inocencia de dos hijos divinos,
y a la música que nunca envejece,
púes al tiempo  venció.
Todo este vendaval de furias y de penas.
De quimeras que aún pueden refugiarse
en el inexplorado mañana,
aquel que atesora una felicidad, 
sólo vislumbrada algunas noches
de miradas y besos virtuales.
En suma un universo aún por inventar,
e imposible de alcanzar.
Una vida, una muerte,
una paz, y un amor,
que siempre habitará en el corazón... 

viernes, 29 de julio de 2011

TODO CAERÁ POR SU PROPIO PESO

La gran ciudad comenzaba a encender sus luces. Ella le miró mientras una lágrima escarchaba su mejilla. Volvió a repetir las palabras tantas veces ensayadas: “esto es inviable”. La pena era inocultable en sus ojos. Él se quedó en silencio mientras inventaba algo que pudiera consolarla. El sabor del adiós asomó de nuevo en sus labios unido a la sensación de piedad y de culpa que ya se le había hecho familiar. Como los moribundos, pasaron rápidamente las imágenes de su historia. Las fiestas con los amigos y el tentador complot para hacerlos pareja hasta lograr que se casen. “Vamos a ver” se dijeron ambos sin palabras, e iniciaron este caminar que hacía tiempo se había detenido. En una época la palabras resignación, paciencia, generosidad, habían logrado mentalizarlos, y con la llegada de su nena, la esperanza había renacido. Pero la verdad no perdona. El afecto hacia la pequeña funcionaba algunos momentos en el día, pero cuando se encontraban solos, la falta de pasión proyectaba una patética imagen de pareja donde la paternidad era lo único que marchaba sobre ruedas.

Hubo horas y horas de diálogo. Cotejo de los pro y los contra de una separación. Flexibilidades y hasta renuncias para finalmente llegar a la misma conclusión. “Hay que dejarlo que todo caiga por su propio peso”. En medio de esa gris coexistencia, construida de trabajo y de comentar las películas y noticiarios todos los días, él conoció a una chica mucho más joven. las dos veces que conversaron fueron suficientes para que se instale en su corazón como el milagro que llegaría para redimirlo. Le había contado toda la verdad, y a pesar de su corta experiencia, lo había entendido. Ella podía esperar hasta que las cosas se resuelvan. Mientras tanto eran como amigos cómplices que habían hecho de la transparencia el secreto de su compatibilidad. Bastaba encontrarse para filosofar entre locura y locura y entre canción y canción. Siempre terminaban abrazados y matándose de risa. No tenían nada que perder y sí mucho que ganar. Aprender algo nuevo cada día, y sobre todo disfrutar del mero placer de conversar. Habían conjugado tanto que habían incorporado los gestos y los entre líneas a sus códigos de comunicación. Por ejemplo, juntar los índices con los anulares significaba “te quiero mucho”, tocarse ambas orejas significaba “te he extrañado”, y así mil secretos más que tornaban sus encuentros como misteriosos, pero divertidos rituales. Era increíble pero habían llegado al extremo de ya no pedirle casi nada a la vida. Todo era bello cuando estaban juntos.

Mientras tanto su esposa ya lo había ido intuyendo todo, y a pesar de que ambos habían acordado concederse una relativa libertad para intentar trazar una línea de reconstrucción de sus vidas, sin embargo, era difícil. Se había acostumbrado a que ambos salieran con la nena. Se divertía a rayar cuando escuchaba los desaforados cuentos que él le relataba a la pequeña para que se duerma. Le resultaba duro renunciar a esas cosas, pero el orgullo obligaba a cumplir el pacto. Ya el tiempo había dado su veredicto, o dicho en otras palaras “todo ya había caído por su propio peso”…

lunes, 6 de junio de 2011

¡VUELVE. MIL VECES VUELVE!


Volveré los ojos cuando tus labios no pronuncien mi nombre.
Te llamaré en silencio, entonces, 
las lágrimas ignotas, se desbordarán en mi alma peregrina, 
y te amaré setenta veces siete.
Recorreré nuevamente las calles cómplices en recuerdos. 
Las hojas llevadas por el viento,
tomarán la forma de mis quimeras,
pero ya no reverberan.
Mujer de mis sacras tempestades.
Me amaste sólo cinco veces en la lozanía de un lecho cubierto de ternura.
Pude dibujar con mis labios cada pliegue de tu piel
y eso bastó para embriagarme el alma eternamente. 
Sí, como dicen, el amor nunca muere, 
por qué en mi corazón hay un vacío que tiene tu sonrisa.
Declaro una y mil veces. ¡REGRESA AL PARAÍSO DE MIS ANSIAS!
¿Cómo celebrar el conjuro de la posesión de tu destino?
El tiempo es inexorable y sin el poder del hechicero,
ya es imposible escribir las palabras que vuelen hacia ti,
a humedecer tu piel de diosa por mi creada....
Es terrible despedirme de tus besos para siempre. 
Es lacerante pensar que soy parte del olvido.
Es patético escribir sin conmover uno sólo de los pétalos de tu alma...



lunes, 23 de agosto de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte IV)

El capítulo anterior terminaba con Shanina tomando el vuelo más confundida que nunca. Resulta que Kill Bill no se había resignado a separarse de ella. Había comprado dos boletos en lugar de uno y ahora volaban juntos rumbo a Lima. Ella al comienzo pensaba que era una locura, pues las cosas se complicarían. - Confía en mí - fueron las palabras de Bill – Tú tranquilidad es algo que cautelaré de forma sagrada – le dijo mientras la abrazaba. Ella también lo abrazó fuertemente, mientras le ofrecía sus labios de diosa. Fue el viaje más maravilloso del mundo. Él no se cansaba de acariciar su cabello mientras aspiraba su aroma a champú de fresas. Besaba su cuello con delirio porque ansiaba conservar dentro de sí ese perfume que tanto lo enloquecía. En realidad todo lo de ella lo hacía perder el control. Su mirada traviesa y sobre todo esos labios que no quería dejar de besar nunca. Ella se acurrucaba contra su pecho sintiéndose tiernamente protegida y esperando que ese momento nunca termine. Le guiaba sus manos por toda su piel mientras una especie de electricidad estremecía su cuerpo. Sus labios, rojos de tanto besarse, seguían buscándose de la misma manera en que el sediento busca el agua. Inventaron mil formas de unir sus bocas. Unas tiernas y suaves y otras tan ardientes que no tenían miedo lastimarse. En esos momentos hubiesen querido que el avión no aterrice y diera una vuelta completa a la tierra para seguir amándose, pero sabían que se acercaban al aeropuerto. La inevitable pregunta fue pronunciada por ella. - ¿Y qué harás ahora? – le dijo mientras se aferraba a sus manos – Te prometí que todo saldría bien y lo cumpliré. Todo está planificado – respondió rozando su nariz con la de ella como lo hacen los esquimales. Por fin llegaron al aeropuerto. Descendieron del avión. Él le pidió acompañarla hasta su casa, pues quería disfrutar los últimos minutos a su lado. Siguieron besándose como locos sin importarles la gente, hasta que llegaron a su casa. Le dijeron al taxista estacionarse dos cuadras antes, y llegó el momento de la despedida. Se abrazaron fuertemente intentando fundirse en un solo ser para no separarse nunca. Pero el destino era de acero y el debía volver. Le mostró su boleto de regreso para ese día y ella no pudo evitar que las lágrimas surcaran su rostro. – No llores vida mía – le dijo él mientras la estrechaba contra su pecho y besaba su cabello. – Me has dado la felicidad más grande del mundo en estos días y ten la seguridad que esta despedida no es definitiva – Ella levantó su carita con curiosidad y después de besarlo, escucho las últimas palabras de Kill que se tatuaron en el corazón. – No creo que Dios o la vida sean tan mezquinos que nos nieguen la oportunidad de volvernos a ver. ¡Ten fe mi cielo, el amor lo puede todo! – Se abrazaron por última vez. Él le dijo al taxista que lo conduzca de nuevo al aeropuerto. Después de los maravillosos momentos en la playa y en el vuelo, Shanina y Kill Bill sólo se encontraban virtualmente. Cada noche platicaban, reían, se alegraban, y también a veces se entristecían o molestaban, pero les duraba poco. De esta manera la soledad fue una cosa del pasado para ambos. Sólo amenazaba cuando no podían conectarse al internet o al celular, cosa que rara vez ocurría. Tanto se iban sintonizando sus deseos de sentirse juntos que ya no era necesario concertar una cita “virtual”, dado que casi siempre ambos coincidían. También ambos fueron olvidando a sus parejas, y aquí haré una breve reflexión. La naturaleza del amor se concreta cuando pensamos y deseamos a otra persona todo el tiempo del mundo, y eso precisamente, sentían Shanina y Kill. Contrariamente, las personas a las que formalmente estaban unidos, no suscitaban la milésima parte de la emoción que sentían cuando se encontraban en el chat, cuando pensaban el uno en el otro, o se deseaban, o se soñaban. No hay que olvidar que dos almas ensoñadoras como las suyas le daba magia a cada momento. De esta manera cuando ella contemplaba el cuadro de la luna pintada por su amigo, alcanzaba a ver los ojos de Bill en el cuadro. Él también percibía la sonrisa de ella cuando absortamente se quedaba contemplando las estrellas. Pero aún faltaba algo bello. Un pequeño ser fue creciendo dentro de Shanina. Era hijo de Bill como podrán suponerlo. No obstante opinarán con sentido común que los embarazos virtuales o telepáticos no existen. Es verdad, aún no existen y quizá debieran existir. Pero el hecho es que el bebé fue creado en aquella noche de amor en la playa cuando ella viajó para encontrarse con él. Cada día sentía como su vientre crecía y era tanta la emoción que no pudo esperar que nazca para ponerle un nombre. Conjuntamente con Bill le pusieron Ángel Rafael. El primer nombre no necesita mayor explicación, pues estaba llamado a cuidar del amor de ambos. El segundo nombre era el complemento del primero porque Rafael significa “El resplandor de Dios que cura”. Shanina alumbró al amanecer de un día con un sol radiante. Parecía que hasta la naturaleza saludaba al pequeño Ángel Rafael que vino al mundo lindo y robusto. Había heredado los bellos ojos de su mamá y parecía sonreír cuando miraba. De Bill al parecer iba a tener la voz, pues lloraba que casi ensordecía cuando quería tomar su leche. La mamá no podía evitar lágrimas de emoción cuando lo alimentaba. Era el más grande tesoro que había recibido del cielo. Lo colmaba tanto de besos que el pequeño no quería separarse de ella en ningún momento. Mientras tanto Bill preparaba maletas para viajar a conocer a su retoño. Ya había ideado todo un plan para no causar el menor problema. Moría de ganas de tener entre sus brazos al pequeño y a su mamá y colmarlos de besos. La felicidad que lo embargaba hacía que los inminentes problemas que afrontaría, fueran mínimos.

lunes, 2 de agosto de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte III)

Hay una escena memorable en la película Casablanca. Humphrey Bogart abraza amorosamente a Ingrid Bergman. Ella está angustiada ante la disyuntiva de seguir los dictados de su corazón y quedarse con Rick (Bogart), o ser fiel a su esposo Victor Laszlo hacia quien siente la más elevada gratitud. Es entonces cuando Bogart pronuncia estas célebres palabras: “Confía en mí, Deja que yo piense por los dos”. Kill Bill quiso emular a su actor favorito cuando Shanina le dijo que debía optar entre dejarse llevar por su amor hacía él, o intentar, una vez más, salvar su matrimonio. Lo último suponía perdonar la infidelidad de Carlos (su esposo) a quien aún amaba, y así después no arrepentirse de no haber agotado los intentos. Kill Bill sabe que en esta historia alguien tiene que perder. Es consciente que llegará el día en que Shanina tendrá que decidir entre materializar su idílico e etéreo amor, o volver con Carlos y reconstruir su vida. Decide entonces apelar al altruismo que todos llevamos dentro y dejar que su amada regrese con Carlos. Sabe que puede perderla para siempre y sumirse en el dolor, pero también sabe que es peor vivir con algún remordimiento en el futuro. Ella, por su parte no quiere perderlo para siempre. Siente que algo nuevo y hermoso ha florecido en su corazón y se resiste a renunciar a él. Nada es totalmente seguro, pero Kill Bill alcanza a ver que es muy probable que esté asistiendo a la despedida del más grande amor de su existencia. Por ello propone una despedida inolvidable. Uno de los dos viajará para encontrarse, conocerse personalmente, y luego decirse adiós. Será el más grandioso final, como aquellos de las películas que tanto le gustaban. Prepara las cosas minuciosamente para el encuentro. Será un fin de semana de playa teniendo al mar como romántico cómplice. Lo ultiman todo en sus citas finales en el facebook intentando mantener alejada la melancolía del adiós. Entre bromas, palabras de aliento, poemas y canciones se preparan para el gran evento, y llega el día. Él la espera en el aeropuerto sintiendo que su corazón va a estallar de emoción. La reconoce en cuanto baja del avión y por primera vez, y sin importarles la gente, se dan el prometido y postergado abrazo de bienvenida. Le entrega las rosas rojas que acaba de comprar y ella casi llorando de alegría lo abraza más. Les parece increíble estar por fin juntos. Caminan unas cuadras hasta tomar el bus que los llevarán a la playa. No sienten el trayecto del viaje de tanto conversar, reír y escuchar música que él ha grabado para ella. Arriban a la playa e inmediatamente se dirigen al hospedaje. Toman una refrescante ducha y se preparan para ir a contemplar el ocaso frente al mar. Llegan justo cuando el sol se refleja en el mar entre amarillo y naranja. Caminan embelesados por la arena dejando que el agua moje sus pies. Ella dice sentir frío y él la abraza tiernamente. Sienten que en ese momento sólo existen ellos dos y el mar. Casi pierden la noción de la realidad y sólo escuchan los latidos de su corazón acompañados por el relajante sonido de las olas. Se tumban en la arena cuando el sol casi agoniza en el horizonte. La brisa se torna fría y tienen que abrigarse aún más. Se estrechan fuertemente y sucede lo tantas veces vivido en la dimensión de la fantasía. Su piel se une casi desesperadamente, la mitad por el frío y la mitad por amor. Se besan, primero suavemente y luego casi con desesperación. La noche y la luna de Shanina más radiante que nunca, los encuentra entrelazados como si no quisieran que exista un espacio entre ellos. Se aproxima el sagrado momento de entregarse por completo y hacerse suyos el uno al otro. Es difícil describir estos instantes de tan elevada felicidad. Sólo diré que, mientras el mar cantaba para ellos, ninguna parte de su piel fue ajena a la más dulce y ardiente caricia que se pueden prodigar dos amantes. Era la primera vez que intimaban y sin embargo sus cuerpos se entendían tan perfectamente que no eran necesarias las palabras. Tan maravilloso era ese momento que por ratos sentían que sí existía el cielo, eso era lo que más se le podía parecer. Todo fue divino esa noche. Caminaron, rieron, volvieron a hacer el amor. Llegaron a la habitación del hotel comieron, bebieron champagne haciendo mil conjuros por tan maravilloso encuentro. Esa noche olvidaron el mundo. Se durmieron abrazados escuchando suave baladas, sin recordar que ella tenía que partir (a él le dolía decirlo) para intentar reiniciar su vida de casada. No relataré las cosas cotidianas o tramitarías del viaje de regreso. Sólo recordaré sus últimas palabras. Igual que en Casablanca, Shanina dijo que ya no deseaba separarse nunca más de él. Kill Bill le recordó que habían acordado que él sería quien piense lo mejor para los dos. Cumplamos lo pactado le enfatizó. Ve y otórgate la última oportunidad. ¿Y nosotros? Preguntó ella. Y al mejor estilo de Casablanca, él le respondió: “Para nosotros quedarán los recuerdos de la playa, eso nadie nos lo arrebatará”. Ella tomo el vuelo de regreso más triste y más confundida que nunca…

viernes, 30 de julio de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte II)

Dicen que el internet tiende a deshumanizar a las personas. Que las aísla, pues la frialdad de una máquina jamás reemplazará al contacto directo y material. En fin, dicen tantas cosas malas del internet que Shanina comenzó a frecuentar ese mundo, más por solitaria curiosidad, que por una gran expectativa. Sin embargo, para su beneplácito conoció a otros solitarios, tristes o sumidos en el desamor como ella. Descubrió historias tan similares a la suya que también comenzó a escribir en el muro de su cuenta de Facebook. Pronto se sintió atrapada por los conmovedores testimonios de aquellos espíritus sensitivos y románticos que sintonizaban con su alma soñadora. Y lo descubrió a él. Se hacía llamar Kill Bill (como la película de Tarantino). Tenía la dosis exacta de inofensiva locura que en el fondo es infantil ternura (hasta riman), sólo entendida por almas sensibles como la suya. Pronto Shanina comenzó a llegar puntual a sus citas con su impredecible personaje del facebook. Antes de continuar debo enfatizar algo poco reparado por los adictos al mundo del Internet. Éste, como otros medios de comunicación genera otros universos paralelos. Lo que intento explicar es que mientras Kill Bill y Shanina chateaban, simultánea o posteriormente se entregaban totalmente al mundo de la fantasía. Él desde su biblioteca, y ella (con ropas muy sensuales) desde su acogedor lecho, digno de su anatomía de diosa. De esta forma, ambos dieron vida a un mundo tan real, por la fuerza y calor de sus sensaciones, como el que los demás conocen. Las noches de luna eran ahora acompañadas por sesiones de internet donde compartia inolvidables momentos con su inesperada alma gemela. Mientras sus dedos se desplazaban por el teclado y sus ojos por la pantalla, sus fantasías calentaban el frío invierno de la época. Nunca se habían saludado ni con un apretón de manos, pero en su imaginación ambos vivían un intenso romance con el cual fulminaban la distancia. Juntos se entregaban a un ritual de pasión y ternura. Ella experimentaba cosquilleos cuando él jugaba con sus cabellos embriagándose con su aroma una y otra vez. Luego se sentía atrapada entre sus brazos tan fuertemente en un idílico anhelo por fundirse uno en el otro. Sus corazones vibraban al unísono y sus labios se decían cuanto se amaban en su propio lenguaje. A estas alturas muchos dirán que ninguna emoción será igual a las que produce un encuentro personal y directo. Pues lo más seguro es que nunca han explorado el campo de la fantasía. Lo cierto es que se requiere contar con una exquisita sensibilidad para acceder a estas dimensiones. Y Shanina y Kill Bill sin duda la tenían. De tal manera que para ellos no era imprescindible la presencia física para amarse con tal impetuosidad que casi siempre terminaban agotados de tanta pasión y de tanta ternura. Y no se trataba de las experiencias de sexo virtual que ofrecen muchas webs como negocio. Lo que ellos vivían era mucho más íntimo y místico, pues involucraba todo su ser. Juntos se desvanecían y trasladaban a mundos donde la prueba de su realidad era la vehemente nitidez de sus sensaciones. Por ejemplo, para el común y corriente de las personas hacer el amor es frotar sus cuerpos hasta llegar al éxtasis. Para ellos hacer el amor era entregarse por completo a un ritual donde las tiernas palabras eran un susurro en sus oídos que escarapelaba su piel. Era contemplar sus ojos con la más dulce mirada y reír juguetonamente como niños. Sus cuerpos adquirían el caracter de divinos templos donde la soledad que antes perseguía sus vidas, se convertía en la más celestial comunión cuya belleza es imposible describir con palabras. Estos encuentros que eclipsaban la trivialidad de la vida cotidiana los esperaban cada noche, y cuándo por algún motivo no se suscitaban, precisaban compensarse con una llamada que prodigara su voz en el teléfono. Sus amigos o contactos en el Facebook solían leer frases de amor o vídeos musicales dedicados el uno para el otro. Pero esto era sólo la punta de un iceberg (de un volcán sería la palabra más apropiada) cuyos códigos sólo eran compartidos por ellos. Este ensoñador universo era por momentos la cima de toda su existencia. Sin embargo, como nada es perfecto, su continuidad requería de algo urgente que resolver…

domingo, 18 de julio de 2010

APAGABA LA MÚSICA CUANDO HACÍAMOS EL AMOR


Quienes me conocen saben de mi devoción por la música. Cuántas veces he cerrado los ojos para que los audífonos me transporten a mágicos universos de donde no he deseado volver. Por ello la siguiente confesión no está exenta de la innoble sensación que nos produce la ingratitud (hacia la música, fiel compañera). Hay quienes les agrada escuchar canciones suavecitas cuando hacen el amor. Yo prefería ser tocado por la celestial melodía de tus gemidos. De aquellos susurros que oscilaban entre la más angelical ternura y la más enloquecedora pasión. Estas entrecortadas palabras habían sido hechas para hacerme tocar el cielo, y hoy se empobrecen al escribirlas. Por ejemplo, sollozos como: ¡Te amo!, ¡Nunca me dejes!; o más aún ¡Soy toda tuya!, no eran frases para la semántica. Eran divinos dones que me ofrendabas con el más ardiente amor. Habían sido creadas para ti, pues sólo en tu boca despertaban emociones desbordadas de místico embelesamiento. No sólo eran aprehendidas por mis oídos, sino agitaban cada una de las células de mi deslumbrado ser. Y es que estaban férreamente ligadas a tu piel blanca, suave y ardiente. A tu dorado cabello cuya fragancia quería eternizar en mis sentidos. A tus labios rojos y humedecidos de ese néctar que me prodigabas con tanto amor. Por eso prefería el silencio para poder sentir todo lo que decías en  su indescriptible belleza. Disfrutar de tu voz en la plenitud de cada segundo. Embriagarme con ellas y tatuarlas en mi piel para evocarlas en estas noches de soledad. Como ahora que la nostalgia se confunde con el ansia de volver al paraíso de tus deliciosas palabras...

jueves, 31 de diciembre de 2009

EXQUISITECES AMOROSAS


El aroma a jabón fino hoy me transporta a las imperecederas noches de amor en lujosos hoteles (no pagados por mí), que fueron tal vez, lo más sofisticado que viviré por siempre. Cuando sé es joven y las ansias apuran, cualquier lugar es bueno para entregarse al más apasionado goce. Sin embargo con los años, cuando hacer el amor se vuelve una elevada ceremonia, aumenta el refinamiento y hasta los detalles más ínfimos cobran significado. No es lo mismo un jadeo desenfrenado que una voz que susurre tu nombre con refinada ternura. Las fragancias, las tersuras, y sobre todo los gestos dan a cada encuentro el estatus de único e inolvidable. Esos momentos hay que saborearlos segundo a segundo. Por ello no se debe apagar la luz para contemplar embelesado el cabello, la traviesa y dulce mirada, los sensuales labios, y la piel de la amada que enceguece con su brillantez y perfección. Con los años uno aprende también, el maravilloso ritual de compartir una tina o una ducha. El agua corriendo por todo el cuerpo da un embriagador encanto inútil de resistir. De esos instantes precisamente ha quedado tatuado en mi alma el aroma a jabón fino que hoy me saca del presente llevándome a muchos veranos atrás. Con los años también se aprende a deslumbrarse contemplando una lencería fina que envuelve el tesoro insinuante que acrecienta las ganas de amar por completo. No se trata de dar rienda suelta a los impulsos del cuerpo, sino de sentir en los labios y en las manos cada centímetro de la piel del ser amado. Quizá lo afirmado puede parecer artificial o frívolo, pero cuando no se tiene prisa, pues la doncella ya no tiene que llegar temprano a su casa, se puede preparar una imborrable jornada amorosa que abarque todo un fin de semana (con sus días y sus noches). Una buena película, una suave y melódica canción, y sobre todo una tierna y divertida plática forman los necesarios intervalos entre uno y otro ritual. Cuando se llega a esos niveles de exquisitez amorosa, sólo debes preocuparte en responder a las expectativas de la especial ocasión, pero como todo lo gobierna el cerebro, es decisivo despojarse de temores e inseguridades para tener el ánimo y todo lo demás en su más alta cumbre. Definitivamente el amor es un arte y lo descrito aquí es sólo un buen intento de aspirante o aprendiz de artista.

jueves, 12 de noviembre de 2009

LECCIONES DE MISTICISMO

Cuando hacíamos el amor desaparecía en ambos todo atisbo de culpa y remordimiento. Tanta ternura y pasión devenía en una mística ceremonia. No éramos nosotros – yo estaba lleno de contradicciones y también ella quizá-. Era como una energía cósmica que nos envolvía. Entonces nuestra piel cobraba vida y se conducía en una danza sagrada cuya esencia es imposible describir.El fuego de sus labios, no sólo encendía mi sangre, sino también – y sobre todo – entibiaba mi alma que descubría el cauce de su realización plena. El contacto de su piel era a la vez que estremecimiento, consagrado elixir que me transportaba al cielo. Entonces la plenitud llegaba a mí en forma de mujer, y perennizar ese momento, era mi más codiciado anhelo Más que una excelsa remembranza, lo que trato de demostrar es que se puede elevar el sexo a una vivencia espiritual que es la cúspide de la dicha terrenal. Y no hablo del momento supremo del clímax, sino de cada uno de los besos, de los susurros y de las caricias que le otorgan a una persona (a ella) el carácter divino que hoy evoco con dulce melancolía.Era todo un conjunto de cualidades. Una mirada traviesa, una angelical sonrisa, el gesto de no querer entregarse, y otro totalmente opuesto. Decir que cada palabra se tornaba mágica en sus labios no es exageración. Era sólo amor elevado a las colinas de la más sublime poesía. Por primera vez tome consciencia de la imposibilidad de volver a esos límites de embeleso. Debía atraparlos completamente, tatuarlos en mi alma para que me proporcionen la energía en los momentos – como hoy – de orfandad y desamor. Fue demasiado bello. De vez en cuando vuelvo a ser feliz, sólo rememorando esos instantes y descubro que en una mujer se puede esconder Dios.