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viernes, 21 de marzo de 2014

AUTENTICIDAD

El pequeño Dylan Axel repite una y otra vez ¡Esto no pudo ser! mientras observa a su hermanita Angelina llorar por el golpe que se dio. Jugaban alegremente cuando ella resbaló y se golpeó en la pared. No es algo grave, pero Dylan Axel se siente culpable. Y es que suelen regañarlo cada vez que llora su hermana. Pero esta vez me adelanto y le digo que todo está bien, que él no tiene la culpa y que sucede a veces que los niños se golpean y lloran...
La autenticidad de Dylan Axel le impide ponerse caretas para quedar bien con los demás. Por eso sufre por Angelina. Si fuera cualquier adulto, lo más probable es que dijéramos algo como "Yo no tengo la culpa, ella se golpeó por estar corriendo". Trataríamos de justificarnos antes que reconocer nuestra responsabilidad. Y es que socialmente estamos condicionados por el !qué dirán", lo cual nos impide expresar nuestras emociones de manera plena. Sin percatarnos vamos atrofiando la sensibilidad ante el dolor ajeno. De pronto nos vemos asumiendo como normales las noticias cargadas de muerte y tragedia que vemos en la televisión...
¡Enséñame Dylan Axel a no dejar que mi alma se petrifique. Alimenta y alegra al niño que aún sobrevive en mí. Que el sufrimiento y la miseria no me sean indiferentes!!! 

viernes, 28 de octubre de 2011

EL CUENTO SIN FIN

Les contaré que era casi la una de la madrugada y Dylan Axel no se quería dormir, pues se había despertado pasada las diez de la noche. Entonces tuve que apagarle el televisor. Confieso con vergüenza (porque no soy sinvergüenza), que cuando no “tenemos tiempo” le sintonizamos Discovery Kids, que supuestamente trasmite dibujos educativos. Pero, a quién engaño, televisión es televisión, y es adictiva. Por eso Dylan Axel hizo berrinche cuando le apagué la caja boba. Intenté contarle uno de las tantas historias de animales que le he inventado, pero como estaba enojado no se dormía. El cuento se iba alargando más y más,  interviniendo especies terrestres, marinas, aéreas y de todos los subgéneros. Tenía que hacerlo emocionante, entonces le narraba con lujo de detalles como el cocodrilo quería comerse al caballito y el elefante lo salvaba, dando antes una paliza al malvado caimán. Le conté tantos salvamentos de tal forma que me iba quedando sin ejemplares y sin tramas. Y así el  león había salvado al gallo de que se lo coma el zorro; el gato al pavo de que lo muerda la culebra; el águila al conejo de que lo devore la hiena;  la ballena al delfín de la voracidad del tiburón, etc., etc. Recién cuando el perro salvó a la oveja del lobo, Dylan Axel se fue quedando dormido. A todo esto ya estaba repitiendo y mezclando especies que no se comen en la fauna real, pero el cuento no podía terminar hasta que se duerma el travieso niño. Pero lo conseguí, demostrando de paso que puedo competir en un concurso del cuento más largo (siempre y cuando sea de animales). Además he comenzado a liberarlo de la televisión. Lo que me preocupa es que su mamá todas las noches me va a llamar temprano para que lo haga dormir, y ya no voy a poder estar tanto tiempo en el face. Bueno, que importa, ingresaré a esta hora. Y aunque no encuentre ya a mis amigos que me alegran la noche, le dejaré a mi Kelita (casi escribo su nombre) algo lindo para que lea al día siguiente, como por ejemplo este relato medio gracioso… 

martes, 9 de agosto de 2011

CAMINATAS VESPERTINAS


Esta tarde he caminado por la ciudad buscando una sonrisa que me devuelva al edén de mis días de niñez. He mirado rostros de toda condición y he reído como un orate de las prisas y de los temores de la gente que nunca descubrirá el placer de caminar o imaginar.
Esta tarde me he dejado llevar por mis pasos buscando ese estado de sosiego donde la fantasía se convierte en brillante realidad.
Esta tarde he bendecido este otorgado don de ver más allá de los ojos, y constatar de nuevo, que para ser feliz sólo se requiere mirar en la dirección correcta. He contemplado, por ejemplo, los frondosos y verdes árboles que acogen amorosamente a seres con el cuerpo y el alma agotada.
Esta tarde he visto a los niños trabajar (o jugar). Unos cargando su producto o su herramienta, que llevará el pan a su familia. Otros correteando con sus padres, construyendo tempranamente bellos recuerdos de infancia. Ambas realidades me han despertado encontradas sensaciones sobre la injusticia que hemos instaurado en el mundo.
Esta tarde he oxigenado mi alma para varios días de calma y he retornado a jugar con Dylan Axel. Volví (con Mercedes Sosa) a agradecer a la vida, e invadido por el sueño he contemplado el paraíso de Dios y de Marx. Esta tarde ha podido ser completa de no ser por ti, mujer, experta en hacerme sentir tu ausencia. A pesar de la quietud, he extrañado tu sonrisa que cuando falta, como una ráfaga, convierte mi calma en orfandad. He pensado sí el poder otorgado por mi corazón a tu mirada es signo de poesía o debilidad.
Esta tarde se abrió una de aquellas ventanas, en las que se alcanza a ver otro mundo, con una aureola de paz, pero que no era el mío. Pues mi destino se marcha tras tus pasos como el tardío ciego tras las la luz perdida. Mi esencia de animal unido a la naturaleza, o de abstracto querubín liberado de pasiones, fue arrebatada por el fuego divino (el tuyo) de unos besos que se llevaron mi inocencia, pero me otorgaron el elixir reservado a las divinidades. Me ofrendaron el celestial éter, pero también la angustia que los hombres llaman soledad.
Esta tarde, ángel de mis divinos sueños, no estuviste conmigo, y aunque tu sonrisa siempre la llevo en mi alma, nada remplaza tu presencia viva y sonora, tus suaves y delgadas manos que a mi corazón enajenan. Esta tarde, Princesa.., a quién engaño, la gran ausente fuiste tú...
 

viernes, 29 de abril de 2011

EL DOLOROSO SILENCIO

Por: Billy Crisanto Seminario

Detesto cuando Dylan Axel se pone mal. Las mañanas son grises y las noches desamparadas. No es la ausencia del bullicio, sino el enorme vacío que deja el mutismo de su sonrisa. El silencio de no escucharlo correr por la casa atenaza mis pensamientos, y todo atisbo de alegría desaparece de mis ojos.

Descubro entonces que hay dos tipos de silencio. Aquel que, acompañado del sosiego, procura sensaciones que fecundan palabras bellas (casi siempre dedicadas a mujeres bellas). Pero hay otro tipo de silencio que no es físico. Es la desolación que crece a la sombra del letargo de Dylan Axel. El ruido de la calle y hasta la música incomodan, y su ausencia, en vez de abrir espacio para reconciliarme conmigo mismo, sólo me sabe a tristeza penitente en mi alma.

En esos momentos los temores me desbordan como lobos agazapados para atacarme en el flanco más vulnerable de mi alma. Rápidamente pierdo el control y la desesperación hace presa de mí en un vendaval de prisas sin un norte promisorio. No obstante, lo más lastimero es su llanto. Más lacerante que el grito de un ave herida. Desgarra inmisericordemente mi alma, y sólo una honda plegaria me permite ver una lucesita que no quiero que se extinga nunca…