lunes, 28 de febrero de 2011

ANA Y LAS BRONCAS EN SU HONOR

Solíamos jugar a la pelea frente a la casa de Ana, sólo para que nos mirara y discerniera (con desgano), quien era el más valiente. Ella debía tener 13 años y tenía la voz ronquita. El cabello le llegaba a los hombros y siempre andaba un vestidito floreado que se ceñía a sus púberes pechos, pero amplio de la cintura hacia abajo.

Había llegado de otro sitio a vivir con su tía “Sole” sólo para causar el más grande revuelo de esa época. Nunca tuve el valor de abordarla para conversar, pero el día que la escuché pronunciar mi nombre no dormí de alegría. Todos alardeábamos que la habíamos besado. Inventábamos historias, incluso con testigos comprados que aseguraban que lo contado sobre ella era verdad.

Hasta que aquella vez que nos descubrimos cuando nadie se puso de acuerdo sobre un detalle esencial en la historia de Ana. Todos asumíamos tácitamente que besaba con los ojos cerrados, pero alguien más viejo (y más “mosca”) dijo que los abría. Ese fue el inicio de la discusión y de la rivalidad del grupo. Los que seguíamos asegurando que cerraba los ojos, y los que insistían que le gustaba abrirlos.

Poco a poco Ana dejó de ser el centro de atracción. Ya más grandes, nosotros comenzamos a entrar a los bailes y conocimos a otras chicas y nos enamoramos. La última imagen que tengo de ella no es directa sino relatada. Uno de los muchachos contó una vez que se ganó cuando el finadito Pedro (murió en un accidente) la recostaba contra una carrocería, (no diré los detalles), pero no importa, porque ya habíamos dejado de imaginar escenas con ella…

miércoles, 9 de febrero de 2011

LUCILE Y EL SEÑOR DEL FACEBOOK


La melancolía es un estado gobernado por el hemisferio derecho, se repetía una y otra vez Kristel. Si escribiera con la izquierda – pensaba - podría ejercitarlo hasta disipar toda la carga negativa y de esta forma centrarme en la paz. De tanto practicar había logrado dibujar unos trazos que adquirían la forma de grafías. Sin embargo, la ansiada armonía se negaba a instalarse. En esos trances avanzaba cuando conoció a Víctor Hugo, "el señor del facebook",  quien tenía respuesta casi para todas las interrogantes. No es que fuera un sabio, en realidad dominaba casi a la perfección el arte de la empatía (ponerse en el lugar del otro), sumado a un dominio del lenguaje que le otorgaba un enorme caudal para despertar confianza en sus interlocutores. Los libros le habían mostrado lo decisivo que puede ser el conocimiento cuando de entender a las personas se trata. Entonces Kristel  no fue la excepción. Dos días después de conocerse virtualmente ya conversaban tan familiarmente que daba la impresión de que en alguna dimensión desconocida habían compartido muchos momentos, y ahora sólo los recordaban.
Pero lo importante era que el estado de ánimo de Kristel mejoraba. Tenía claras algunas cosas que antes le suscitaban culpas e incertidumbres. Su dificultad era emocional. Como casi siempre sucede, podía comprender con nitidez los problemas de sus amigos, pero cuando algo le rozaba el corazón, su entendimiento se bloqueaba y podía sufrir varios días sumida en la tristeza. Tanto la habían lastimado los desencuentros (arteros o inocentes) que juraba no  volver a enamorarse. 
No obstante, en su ser comenzaban a florecer afectos bellos y sosegados como la amistad que sentía por Víctor Hugo. Este extraño personaje que podía entender su alma y esperar. ¿Esperar qué? Él no tenía seguridad de nada. Ella no quería vislumbrar ningún desenlace. Sólo el destino (o Dios) trabajaba silenciosamente para que se dirijan hacia un inexorablemente encuentro. Después de todo el face no era tan negativo como muchos comentaban...

domingo, 30 de enero de 2011

EXCRETANDO LA ENVIDIA

De todas las miserias humanas, es la envidia una de las más corrosivas y degradantes del alma. Es difícil identificarla y desterrarla porque sabe enmascararse muy bien en supuestas virtudes como la competitividad, el afán de éxito, el inconformismo, la rebeldía, la irreverencia, etc., etc. Quién me asegura que quizá combatimos a Juan Luis Cipriani porque envidiamos su poder de influencia en la gente, o su opulencia. Sin embargo, no sólo envidiamos aquello que no tenemos. Llegamos a esforzarnos en no dejar que otro posea lo que ya poseemos nosotros. Por ejemplo, envidiamos el carro que compró el vecino similar al nuestro, porque queremos ser los únicos que lo tenemos. Oscar Wilde decía que cualquiera es capaz de compadecer los sufrimientos de un amigo, pero que hace falta un alma verdaderamente noble para alegrarse con los éxitos de un amigo. No obstante es ran vana que una vez que conseguimos lo anhelado, simplemente lo desechamos, cuando dejamos de sentir la superioridad de quien lo poseía primero. La envidia no construye. Por el contrario aniquila todo, incluyendo a nosotros mismos. Nos puede proporcionar el goce efímero de llegar a la cima, pero inmediatamente sentimos que no valía la pena aquello por lo que luchábamos. Podemos (y solemos) envidiar la esposa joven y bella del amigo y, si acaso consiguiéramos que se vaya con nosotros, comenzaríamos a “culparla de nuestra culpa” haciéndole la vida insoportable. Cuantas desgracias se han engendrado en las sombras de la envidia, y cuanta amargura y desamor gratuito hemos logrado como “recompensa” al dejarla anidar en nosotros. Por ello, ahora mismo trato de que esa envidia que me echó a perder tantas cosas bellas, salga de mí en forma de palabras, y de esta forma sentirme mejor…

miércoles, 19 de enero de 2011

A PROPÓSITO DE CAJERAS BELLAS

Hoy se fue el sistema justo cuando estaba en la ventanilla de un banco. Quizá si hubiese formado cola para cobrar me habría dado cólera, pero como iba a pagar me dio igual. Saqué el libro que suelo llevar para no aburrirme y comencé a leer. Simultáneamente miraba a las cajeras. Todas ellas eran jóvenes, bellas y amables. No podía ser de otra forma, pues constituyen el rostro visible del banco. Ninguna llegaba a los 30 años. Es previsible que cuando lleguen a perder la lozanía juvenil sean promovidas a jefes de sección o a ejecutivas, siempre y cuando se capaciten. El hecho es que ya no serán exhibidas en vitrina como atractivo. Algunas se casarán con un jefe y asegurarán, al menos económicamente, su futuro. Las menos afortunadas simplemente serán despedidas cuando cumplan su ciclo.

Me pregunto qué sucederá con las chicas no agraciadas físicamente, pero inteligentes y competentes. La mayoría trabaja en las oficinas del segundo piso. Es evidente que al banco le interesa sobre todas las cosas que le produzcan dinero. Consecuentemente las “nerds” y dinámicas, trabajarán en su oficina en la elaboración de proyectos o dirigiendo a sus agentes bancarios. El punto es que tenga poco contacto directo con los clientes.

Pero esto no sucede sólo en los bancos, sino casi en todos los oficios. Por ejemplo, los más competentes egresados de Ciencias de la Comunicación optaron por trabajar en prensa y ganan poco. En cambio las más agraciadas compañeras chaparon un puesto de relacionista pública y ganan el triple de los qu ejercen el periodismo. Es decir, la belleza es un capital muy rentable en estos tiempos de consumismo y del imperio del marketing. La pregunta es ¿Y a los varones que no somos, ni agraciados ni jóvenes, y no nos dejamos explotar por algún medio informativo? Pues, es casi seguro que sólo nos queda escribir (como yo ahora), y si te vendes al sistema, dictar clases en algún centro superior. ¡Vaya, si en el fondo el estudio es lo decisivo!!!

miércoles, 5 de enero de 2011

SOBRE ANA KARENINA Y MADAME BOBARY

Hay dos cosas que mantienen unidas una pareja cuando ya la ternura y el deseo se han marchado. Se trata de la dependencia mutua, y el temor a quedarse solo. La primera puede ser de cualquier índole, pero principalmente es familiar (léase hijos de por medio) y económica. La segunda por su parte, se alimenta de los prejuicios sociales resumidos en frases como “l@ dejaron”.

Ambas son fuertes, a tal punto de llegar a compensar una vida tejida sólo de convencionalismos y rituales. Preferimos la “seguridad” y el confort de una casa y el “estatus” de un apellido, antes que las emociones intensas que se ocultan tras las máscaras que se colocan cada mañana. Un termómetro infalible de que una pareja se ha resignado al formalismo externo es la frecuencia con que la pareja hace el amor (que no es lo mismo que tener sexo). Se puede llegar al límite en que sólo ocurren cuando ambos están algo ebrios, y por lo tanto se desatan los impulsos domados por la obsesión hacía el trabajo y/o hacía el dinero.

Es por ello que heroínas como Ana Karenina y Madame Bovary, antes que suscitar nuestro repudio por su infidelidad, se nos muestran como mártires del amor, aunque Tolstoi y Flaubert las hayan hecho pagar con la vida su valentía. Y es que ellas se atreven a realizar aquello que nosotros ansiamos hacer en nuestros arranques de romanticismo.

Consecuentemente los amores de toda la vida no son otra cosa que vínculos entre dos almas que han llegado a enajenarse o auto engañarse que son felices. Las reuniones con las amigas o las compras lujosas actúan como catalizadores de la sed de sentirnos amados o deseados.

Sin embargo, nada es seguro. Dependiendo del grado de temor a lo desconocido, puede uno de los dos conocer a otro ser tan encantador o apasionado que les dará fuerza para otorgarse la última oportunidad de vivir fuertes emociones. El precio para la mujer es mucho más doloroso que para el hombre. La estigmatización e incluso el destierro serán moneda común a partir de su infidelidad.

Lo peor sucede cuando se equivoca y el “caballero” destinado a rescatar a la princesa de su encierro, no es más que un aprovechador cuyo único objetivo era algo de sexo prohibido. En este caso, y volviendo a Tolstoi y a Flaubert, sólo la dignidad de la muerte puede limpiar la honra.

martes, 4 de enero de 2011

NAVIDAD, EL PRINCIPITO Y DYLAN AXEL


Antoine de Saint-Exupéry, autor de “El Principito”, uno de los más bellos cuentos de todos los tiempos (traducido a ciento ochenta lenguas y dialectos), pedía disculpas por dedicar su libro a un adulto (su amigo León Werth), quien por esa época (II Guerra Mundial) pasaba hambre y frío en Francia, y tenía por consiguiente, una gran necesidad de ser consolado.
Consciente de que nunca escribiré palabras de tanto contenido y de tanta belleza como: “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”, pediré disculpas (si fuera necesario) por escribir sobre mi pequeño hijo Dylan Axel en esta navidad. En el momento que pugno con el lenguaje, él mira sus láminas de animalitos, y como todo niño que está aprendiendo a hablar, le dice “el gua gua” al perro, y “muuuu” a la vaca.
Esta sola experiencia, las primeras palabras que dice un niño, como casi todas sus inocentes travesuras, están cargadas de un encanto que la “adultez” nos impide disfrutar (el alma a veces se envejece antes que el cuerpo), pero, parafraseando a Saint-Exupéry, estoy seguro de que los niños lo comprenderán a plenitud.
Desde hace unos diez años vengo escribiendo relatos, en estas páginas, cada 24 de diciembre. En casi todos contaba sobre niños pobres (la mayoría mis alumnos), cuya navidad no era precisamente una fiesta de juguetes y lucecitas. Con mucha suerte, una taza de tibio chocolate le ponía un poco de calor a su noche buena. Algunos trabajaban a la misma hora en que nació el Salvador. Para otros que vivían en el campo, era como una noche más, pues temprano se iban a dormir.
Entonces escribía cosas un poco tristes, pero hace dos años Dios y la vida me bendijeron con un hermoso hijo (todos los hijos lo son). Dylan Axel me ha prodigado la más grande felicidad del mundo y, de nuevo pidiendo disculpas a todos esos niños que hoy no tendrán regalos ni árbol, trataré de compartir. Corrijo, Dylan Axel y yo trataremos de compartir algo del verdadero sentido de esta celebración.
Aunque por aquello de que los hijos deben disfrutar de lo que nunca tuvimos los padres, le hemos comprado algunos juguetes (a Dylan Axel). Al comienzo le entusiasman, pero luego regresa a su viejo carro en el que aprendió a caminar y corre sin agotarse. La lección que me está dando, con su sabiduría de niño, es que no necesita grandezas para ser feliz.

viernes, 10 de diciembre de 2010

EL TAXISTA LOCO

Hoy vino al presente una clara e intensa imagen del pasado. Serían las 7.45 pm de un domingo en la gran ciudad. Tenía ke regresar a Piura. Mi carro salía a las 8. De tanto amar, sólo me kedó tiempo para empacar y despedirme. Le pregunté a un taxista si llegaría en 10 minutos a la agencia. Fue honesto y me dijo ke era imposible. Otro en cambio me dijo ke llegaba en 9 minutos. Ya casi resignado a perder mi viaje, subí. No conté ke este taxista era un "meteoro". Tomó la Javier Prado casi volando, luego aceleró más en la vía expresa. Pasaba a los otros carros como en las persecusiones de películas. Tenía miedo y estuve a punto de decirle ke vaya despacio, pero pensé que tendría ke ir a "Fiori" para poder viajar. Cumplió su palabra el tipo. Ya el omnibus estaba cerrando la puerta cuando subí. Lo ke sigue es típico de las varias despedidas ke viví en akella época. Mensajes lastimeros. Las luces de los cerros aledaños a la gran ciudad parecían estrellitas, pero me llenaban de nostalgia. Hubo otros viajes de ida y regreso, pero esa es otra historia y el taxista loco...No lo volvía a ver...

lunes, 23 de agosto de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte IV)

El capítulo anterior terminaba con Shanina tomando el vuelo más confundida que nunca. Resulta que Kill Bill no se había resignado a separarse de ella. Había comprado dos boletos en lugar de uno y ahora volaban juntos rumbo a Lima. Ella al comienzo pensaba que era una locura, pues las cosas se complicarían. - Confía en mí - fueron las palabras de Bill – Tú tranquilidad es algo que cautelaré de forma sagrada – le dijo mientras la abrazaba. Ella también lo abrazó fuertemente, mientras le ofrecía sus labios de diosa. Fue el viaje más maravilloso del mundo. Él no se cansaba de acariciar su cabello mientras aspiraba su aroma a champú de fresas. Besaba su cuello con delirio porque ansiaba conservar dentro de sí ese perfume que tanto lo enloquecía. En realidad todo lo de ella lo hacía perder el control. Su mirada traviesa y sobre todo esos labios que no quería dejar de besar nunca. Ella se acurrucaba contra su pecho sintiéndose tiernamente protegida y esperando que ese momento nunca termine. Le guiaba sus manos por toda su piel mientras una especie de electricidad estremecía su cuerpo. Sus labios, rojos de tanto besarse, seguían buscándose de la misma manera en que el sediento busca el agua. Inventaron mil formas de unir sus bocas. Unas tiernas y suaves y otras tan ardientes que no tenían miedo lastimarse. En esos momentos hubiesen querido que el avión no aterrice y diera una vuelta completa a la tierra para seguir amándose, pero sabían que se acercaban al aeropuerto. La inevitable pregunta fue pronunciada por ella. - ¿Y qué harás ahora? – le dijo mientras se aferraba a sus manos – Te prometí que todo saldría bien y lo cumpliré. Todo está planificado – respondió rozando su nariz con la de ella como lo hacen los esquimales. Por fin llegaron al aeropuerto. Descendieron del avión. Él le pidió acompañarla hasta su casa, pues quería disfrutar los últimos minutos a su lado. Siguieron besándose como locos sin importarles la gente, hasta que llegaron a su casa. Le dijeron al taxista estacionarse dos cuadras antes, y llegó el momento de la despedida. Se abrazaron fuertemente intentando fundirse en un solo ser para no separarse nunca. Pero el destino era de acero y el debía volver. Le mostró su boleto de regreso para ese día y ella no pudo evitar que las lágrimas surcaran su rostro. – No llores vida mía – le dijo él mientras la estrechaba contra su pecho y besaba su cabello. – Me has dado la felicidad más grande del mundo en estos días y ten la seguridad que esta despedida no es definitiva – Ella levantó su carita con curiosidad y después de besarlo, escucho las últimas palabras de Kill que se tatuaron en el corazón. – No creo que Dios o la vida sean tan mezquinos que nos nieguen la oportunidad de volvernos a ver. ¡Ten fe mi cielo, el amor lo puede todo! – Se abrazaron por última vez. Él le dijo al taxista que lo conduzca de nuevo al aeropuerto. Después de los maravillosos momentos en la playa y en el vuelo, Shanina y Kill Bill sólo se encontraban virtualmente. Cada noche platicaban, reían, se alegraban, y también a veces se entristecían o molestaban, pero les duraba poco. De esta manera la soledad fue una cosa del pasado para ambos. Sólo amenazaba cuando no podían conectarse al internet o al celular, cosa que rara vez ocurría. Tanto se iban sintonizando sus deseos de sentirse juntos que ya no era necesario concertar una cita “virtual”, dado que casi siempre ambos coincidían. También ambos fueron olvidando a sus parejas, y aquí haré una breve reflexión. La naturaleza del amor se concreta cuando pensamos y deseamos a otra persona todo el tiempo del mundo, y eso precisamente, sentían Shanina y Kill. Contrariamente, las personas a las que formalmente estaban unidos, no suscitaban la milésima parte de la emoción que sentían cuando se encontraban en el chat, cuando pensaban el uno en el otro, o se deseaban, o se soñaban. No hay que olvidar que dos almas ensoñadoras como las suyas le daba magia a cada momento. De esta manera cuando ella contemplaba el cuadro de la luna pintada por su amigo, alcanzaba a ver los ojos de Bill en el cuadro. Él también percibía la sonrisa de ella cuando absortamente se quedaba contemplando las estrellas. Pero aún faltaba algo bello. Un pequeño ser fue creciendo dentro de Shanina. Era hijo de Bill como podrán suponerlo. No obstante opinarán con sentido común que los embarazos virtuales o telepáticos no existen. Es verdad, aún no existen y quizá debieran existir. Pero el hecho es que el bebé fue creado en aquella noche de amor en la playa cuando ella viajó para encontrarse con él. Cada día sentía como su vientre crecía y era tanta la emoción que no pudo esperar que nazca para ponerle un nombre. Conjuntamente con Bill le pusieron Ángel Rafael. El primer nombre no necesita mayor explicación, pues estaba llamado a cuidar del amor de ambos. El segundo nombre era el complemento del primero porque Rafael significa “El resplandor de Dios que cura”. Shanina alumbró al amanecer de un día con un sol radiante. Parecía que hasta la naturaleza saludaba al pequeño Ángel Rafael que vino al mundo lindo y robusto. Había heredado los bellos ojos de su mamá y parecía sonreír cuando miraba. De Bill al parecer iba a tener la voz, pues lloraba que casi ensordecía cuando quería tomar su leche. La mamá no podía evitar lágrimas de emoción cuando lo alimentaba. Era el más grande tesoro que había recibido del cielo. Lo colmaba tanto de besos que el pequeño no quería separarse de ella en ningún momento. Mientras tanto Bill preparaba maletas para viajar a conocer a su retoño. Ya había ideado todo un plan para no causar el menor problema. Moría de ganas de tener entre sus brazos al pequeño y a su mamá y colmarlos de besos. La felicidad que lo embargaba hacía que los inminentes problemas que afrontaría, fueran mínimos.

lunes, 2 de agosto de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte III)

Hay una escena memorable en la película Casablanca. Humphrey Bogart abraza amorosamente a Ingrid Bergman. Ella está angustiada ante la disyuntiva de seguir los dictados de su corazón y quedarse con Rick (Bogart), o ser fiel a su esposo Victor Laszlo hacia quien siente la más elevada gratitud. Es entonces cuando Bogart pronuncia estas célebres palabras: “Confía en mí, Deja que yo piense por los dos”. Kill Bill quiso emular a su actor favorito cuando Shanina le dijo que debía optar entre dejarse llevar por su amor hacía él, o intentar, una vez más, salvar su matrimonio. Lo último suponía perdonar la infidelidad de Carlos (su esposo) a quien aún amaba, y así después no arrepentirse de no haber agotado los intentos. Kill Bill sabe que en esta historia alguien tiene que perder. Es consciente que llegará el día en que Shanina tendrá que decidir entre materializar su idílico e etéreo amor, o volver con Carlos y reconstruir su vida. Decide entonces apelar al altruismo que todos llevamos dentro y dejar que su amada regrese con Carlos. Sabe que puede perderla para siempre y sumirse en el dolor, pero también sabe que es peor vivir con algún remordimiento en el futuro. Ella, por su parte no quiere perderlo para siempre. Siente que algo nuevo y hermoso ha florecido en su corazón y se resiste a renunciar a él. Nada es totalmente seguro, pero Kill Bill alcanza a ver que es muy probable que esté asistiendo a la despedida del más grande amor de su existencia. Por ello propone una despedida inolvidable. Uno de los dos viajará para encontrarse, conocerse personalmente, y luego decirse adiós. Será el más grandioso final, como aquellos de las películas que tanto le gustaban. Prepara las cosas minuciosamente para el encuentro. Será un fin de semana de playa teniendo al mar como romántico cómplice. Lo ultiman todo en sus citas finales en el facebook intentando mantener alejada la melancolía del adiós. Entre bromas, palabras de aliento, poemas y canciones se preparan para el gran evento, y llega el día. Él la espera en el aeropuerto sintiendo que su corazón va a estallar de emoción. La reconoce en cuanto baja del avión y por primera vez, y sin importarles la gente, se dan el prometido y postergado abrazo de bienvenida. Le entrega las rosas rojas que acaba de comprar y ella casi llorando de alegría lo abraza más. Les parece increíble estar por fin juntos. Caminan unas cuadras hasta tomar el bus que los llevarán a la playa. No sienten el trayecto del viaje de tanto conversar, reír y escuchar música que él ha grabado para ella. Arriban a la playa e inmediatamente se dirigen al hospedaje. Toman una refrescante ducha y se preparan para ir a contemplar el ocaso frente al mar. Llegan justo cuando el sol se refleja en el mar entre amarillo y naranja. Caminan embelesados por la arena dejando que el agua moje sus pies. Ella dice sentir frío y él la abraza tiernamente. Sienten que en ese momento sólo existen ellos dos y el mar. Casi pierden la noción de la realidad y sólo escuchan los latidos de su corazón acompañados por el relajante sonido de las olas. Se tumban en la arena cuando el sol casi agoniza en el horizonte. La brisa se torna fría y tienen que abrigarse aún más. Se estrechan fuertemente y sucede lo tantas veces vivido en la dimensión de la fantasía. Su piel se une casi desesperadamente, la mitad por el frío y la mitad por amor. Se besan, primero suavemente y luego casi con desesperación. La noche y la luna de Shanina más radiante que nunca, los encuentra entrelazados como si no quisieran que exista un espacio entre ellos. Se aproxima el sagrado momento de entregarse por completo y hacerse suyos el uno al otro. Es difícil describir estos instantes de tan elevada felicidad. Sólo diré que, mientras el mar cantaba para ellos, ninguna parte de su piel fue ajena a la más dulce y ardiente caricia que se pueden prodigar dos amantes. Era la primera vez que intimaban y sin embargo sus cuerpos se entendían tan perfectamente que no eran necesarias las palabras. Tan maravilloso era ese momento que por ratos sentían que sí existía el cielo, eso era lo que más se le podía parecer. Todo fue divino esa noche. Caminaron, rieron, volvieron a hacer el amor. Llegaron a la habitación del hotel comieron, bebieron champagne haciendo mil conjuros por tan maravilloso encuentro. Esa noche olvidaron el mundo. Se durmieron abrazados escuchando suave baladas, sin recordar que ella tenía que partir (a él le dolía decirlo) para intentar reiniciar su vida de casada. No relataré las cosas cotidianas o tramitarías del viaje de regreso. Sólo recordaré sus últimas palabras. Igual que en Casablanca, Shanina dijo que ya no deseaba separarse nunca más de él. Kill Bill le recordó que habían acordado que él sería quien piense lo mejor para los dos. Cumplamos lo pactado le enfatizó. Ve y otórgate la última oportunidad. ¿Y nosotros? Preguntó ella. Y al mejor estilo de Casablanca, él le respondió: “Para nosotros quedarán los recuerdos de la playa, eso nadie nos lo arrebatará”. Ella tomo el vuelo de regreso más triste y más confundida que nunca…

viernes, 30 de julio de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte II)

Dicen que el internet tiende a deshumanizar a las personas. Que las aísla, pues la frialdad de una máquina jamás reemplazará al contacto directo y material. En fin, dicen tantas cosas malas del internet que Shanina comenzó a frecuentar ese mundo, más por solitaria curiosidad, que por una gran expectativa. Sin embargo, para su beneplácito conoció a otros solitarios, tristes o sumidos en el desamor como ella. Descubrió historias tan similares a la suya que también comenzó a escribir en el muro de su cuenta de Facebook. Pronto se sintió atrapada por los conmovedores testimonios de aquellos espíritus sensitivos y románticos que sintonizaban con su alma soñadora. Y lo descubrió a él. Se hacía llamar Kill Bill (como la película de Tarantino). Tenía la dosis exacta de inofensiva locura que en el fondo es infantil ternura (hasta riman), sólo entendida por almas sensibles como la suya. Pronto Shanina comenzó a llegar puntual a sus citas con su impredecible personaje del facebook. Antes de continuar debo enfatizar algo poco reparado por los adictos al mundo del Internet. Éste, como otros medios de comunicación genera otros universos paralelos. Lo que intento explicar es que mientras Kill Bill y Shanina chateaban, simultánea o posteriormente se entregaban totalmente al mundo de la fantasía. Él desde su biblioteca, y ella (con ropas muy sensuales) desde su acogedor lecho, digno de su anatomía de diosa. De esta forma, ambos dieron vida a un mundo tan real, por la fuerza y calor de sus sensaciones, como el que los demás conocen. Las noches de luna eran ahora acompañadas por sesiones de internet donde compartia inolvidables momentos con su inesperada alma gemela. Mientras sus dedos se desplazaban por el teclado y sus ojos por la pantalla, sus fantasías calentaban el frío invierno de la época. Nunca se habían saludado ni con un apretón de manos, pero en su imaginación ambos vivían un intenso romance con el cual fulminaban la distancia. Juntos se entregaban a un ritual de pasión y ternura. Ella experimentaba cosquilleos cuando él jugaba con sus cabellos embriagándose con su aroma una y otra vez. Luego se sentía atrapada entre sus brazos tan fuertemente en un idílico anhelo por fundirse uno en el otro. Sus corazones vibraban al unísono y sus labios se decían cuanto se amaban en su propio lenguaje. A estas alturas muchos dirán que ninguna emoción será igual a las que produce un encuentro personal y directo. Pues lo más seguro es que nunca han explorado el campo de la fantasía. Lo cierto es que se requiere contar con una exquisita sensibilidad para acceder a estas dimensiones. Y Shanina y Kill Bill sin duda la tenían. De tal manera que para ellos no era imprescindible la presencia física para amarse con tal impetuosidad que casi siempre terminaban agotados de tanta pasión y de tanta ternura. Y no se trataba de las experiencias de sexo virtual que ofrecen muchas webs como negocio. Lo que ellos vivían era mucho más íntimo y místico, pues involucraba todo su ser. Juntos se desvanecían y trasladaban a mundos donde la prueba de su realidad era la vehemente nitidez de sus sensaciones. Por ejemplo, para el común y corriente de las personas hacer el amor es frotar sus cuerpos hasta llegar al éxtasis. Para ellos hacer el amor era entregarse por completo a un ritual donde las tiernas palabras eran un susurro en sus oídos que escarapelaba su piel. Era contemplar sus ojos con la más dulce mirada y reír juguetonamente como niños. Sus cuerpos adquirían el caracter de divinos templos donde la soledad que antes perseguía sus vidas, se convertía en la más celestial comunión cuya belleza es imposible describir con palabras. Estos encuentros que eclipsaban la trivialidad de la vida cotidiana los esperaban cada noche, y cuándo por algún motivo no se suscitaban, precisaban compensarse con una llamada que prodigara su voz en el teléfono. Sus amigos o contactos en el Facebook solían leer frases de amor o vídeos musicales dedicados el uno para el otro. Pero esto era sólo la punta de un iceberg (de un volcán sería la palabra más apropiada) cuyos códigos sólo eran compartidos por ellos. Este ensoñador universo era por momentos la cima de toda su existencia. Sin embargo, como nada es perfecto, su continuidad requería de algo urgente que resolver…

miércoles, 28 de julio de 2010

SHANINA Y LA LUNA (Parte I)

"Nunca se lastima a quien se ama” eran las palabras que resonaban en la mente de Shanina y que no le permitían alcanzar el sosiego tan necesario en esos momentos. En efecto, tenía que pensar mucho y precisaba hacerlo con la mayor serenidad. Sintió ganas de hacer un repaso de su vida y remontarse a sus primeros años. Cuando nació su abuelo, el bohemio de la familia, le puso “La hija de la Luna” debido a esa dulce sonrisa que según él, “iluminaba hasta las noches más tenebrosas”. Un día (como todo el mundo), el abuelo se fue de este mundo y Shanina fue creciendo hasta convertirse en una inquieta adolescente. Sucedió una noche de verano, mientras descansaba en la terraza cuando reparó que mirar la luna le prodigaba una extraña paz que poco a poco se convertía en ensoñación. Incluso a veces llegaba a sentir una especie de trance que la arrancaba de la realidad y la llevaba a lugares y a momentos donde mirar el mar y caminar por la playa se convertían en sus instantes más dichosos. Fue en esa época en que reparó en el abuelo y en el oculto significado de llamarla “la hija de la luna”. Sin embargo, ella no era precisamente una chica extraña a ojos de sus amigas. Asistía a fiestas, bailaba, reía, cantaba, pero cuando todo terminaba y cada uno se marchaba, ella volvía a sentir la necesidad de mirar a la compañera luminosa que danzaba en el cielo. De no haber sido porque un admirador suyo le regaló una hermosa pintura de una noche de luna, quizá hubiese sentido la ansiedad de salir a buscarla, aún en las noches más nubladas. La contemplación incansable del cuadro compensaba su tribulación por la ausencia de la amada compañera de soledades. Llegó un tiempo en (como todo el mundo) conoció, se enamoró y se casó con el hombre con el que esperaba compartir toda su vida. El también la amaba y la llevó al altar tal como se lo había prometido. Varios meses de felicidad hacían prever que sus sueños se harían realidad. Pero la primavera no duro mucho. Él fue cambiado a trabajar a una sede de la empresa en el extranjero. Entre lágrimas y abrazos se despidieron, jurando comunicarse todos los días y prometiéndose fidelidad mutua. Funcionó durante unos meses, pero como saben los mayores (y el abuelo también lo sabía), la realidad no es tan perfecta como la fantasía y sucedió lo más temido Carlos, así se llamaba el esposo, comenzó a sentirse “sólo” en la distante ciudad donde fue destacado y cedió a los encantos de una chica pueblerina, quien mitigaba su “soledad”. El peligroso juego pronto tuvo sus consecuencias. No relataré las motivaciones ni las circunstancias de los hechos, pero lo real es que fruto de aquel amor vino al mundo, una pequeña criatura que inspiraba en Carlos sentimientos encontrados. Por un lado la ilusión de ver una nueva vida, sangre de su sangre, y por otro lado el remordimiento por no haber honrado su promesa de fidelidad. Mientras tanto Shanina soñaba con él y lo llamaba cada día, anhelando que también fuera parte del cuadro de la inmensa luna, pero pronto su intuición de mujer le hizo notar algo sospechoso en la voz de Carlos y la verdad se abrió paso. El shock emocional la dejó devastada. No podía asimilarlo, ni siquiera quería pensar en ello. Intentó mil formas de convencerse de que un desliz lo comete cualquiera y que lo importante era el amor. En esos avances y retrocesos divagaba cuando encontró en internet algo que llegó a sintonizar con su romántico temperamento, y poco a poco la luna comenzó a asomarse tímidamente….